Gabriel Boric cultura

GABRIEL, ¿Y EL LEGADO CULTURAL?

Luego del criticado anuncio de Francisco Undurraga, como ministro de las Culturas de José Antonio Kast, el cientista político Alonso Pikaia sostiene #EnEfecto que la crisis no comienza hoy, sino en la inexistencia de un modelo cultural sólido en los últimos cuatro años “que valiera la pena defender”.

x Alonso Matías Pikaia

La confirmación de Francisco Undurraga como futuro ministro de las Culturas del gobierno de José Antonio Kast volvió a encender las alarmas en el mundo cultural. Cartas abiertas, declaraciones en redes y llamados a “defender la cultura” se multiplican con un tono de urgencia casi existencial. El mensaje es claro: lo que estaría en riesgo sería una herencia cultural que podría desaparecer de un plumazo.

Al observar con algo de honestidad la herencia cultural del gobierno de Gabriel Boric, el panorama es, como mínimo, difuso. No hubo un proyecto estructural, ni una política que permita decir con claridad: esto es fundamental, esto no puede desmontarse sin dañar seriamente al país. Hubo gestos, declaraciones, énfasis discursivos. Pero la cultura, cuando es política pública, no se sostiene con gestos.

La conmemoración de los 50 años del golpe de Estado fue una oportunidad histórica para un gobierno que se reivindica de izquierda. Sin embargo, terminó siendo una ceremonia encapsulada, cuidada en exceso, con los mismos invitados de siempre, la misma lógica que conocemos hace décadas. Mucha solemnidad, poco riesgo. Nada que marque época, nada que reorganice el campo cultural chileno.

A eso se sumó una señal reveladora: la decisión del Ministerio de las Culturas, encabezado entonces por Jaime de Aguirre, de declinar la invitación para que Chile fuera Invitado de Honor en la Feria del Libro de Frankfurt 2025. No era solo un gesto simbólico; era una vitrina estratégica para proyectar una narrativa país, una industria editorial. Renunciar a ella fue, más que prudencia presupuestaria, una confirmación de la falta de ambición, una declaración de insignificancia.

¿Qué es exactamente lo que vamos a defender?  ¿Cuál es la gran pérdida que hoy se anuncia con tanto dramatismo?

Más que una defensa de la cultura como bien público, lo que asoma es el temor a perder financiamientos individuales, fondos fragmentados, redes precarias que sobreviven más por inercia que por fortaleza institucional.

Gabriel Boric cultura

Pese a la creación del Pase Cultural, la aprobación de la Ley de Artesanías (21.788) y al aumento en el financiamiento de los Fondos de Cultura que hoy destacan como parte de los 1.000 avances del Gobierno, lo que faltó a esta administración no fue solo presupuesto, sino un objetivo estratégico que entendiera la cultura no como un evento, sino como institucionalidad perdurable en el tiempo.

El gobierno debió apostar por una estructura cultural que irradiara todo el territorio, rompiendo el cerco de las comunas con mayores recursos para penetrar en la periferia, allí donde la ausencia del Estado se paga caro. Se requería la construcción de un relato donde la cultura funcionara como el verdadero “pegamento social”; un eje sostenedor capaz de alimentar la seguridad ciudadana, la educación y la cohesión. Un proyecto que entendiera que el pensamiento crítico, el ocio y el entretenimiento no son lujos de elite, sino dimensiones vitales para sostener la democracia frente al avance de la anomia.

Nada de eso es casual: es decisión política. Cuesta dinero, implica asumir déficits, pero también construir soberanía cultural. Un gobierno de izquierda debería entender que no todo lo que importa se mide en rentabilidad inmediata.

No espero eso de un gobierno de ingenieros comerciales. Sí lo espero de uno que se presenta como transformador.

Conviene hacer aquí una precisión necesaria. Esta crítica no apunta a los trabajadores y trabajadoras de la cultura que, día a día, sostienen actividades en condiciones precarias, con presupuestos mínimos y dependiendo de fondos concursables u otros mecanismos siempre inestables. Ellos conocen mejor que nadie los obstáculos, el desgaste y la persistencia que implica trabajar en cultura en Chile. La crítica es estructural: interpela a todos los actores del campo cultural —a quienes opinamos, a quienes diagnosticamos, pero sobre todo a quienes han tenido la posibilidad de tomar decisiones, de influir en ellas, de construir política pública— y no lo hicieron. Hoy, muchos parecen sorprendidos por el escenario político-cultural actual, como si no fuera también el resultado de esas omisiones.

Ahí está el desafío político que sigue pendiente.

Lo paradójico es que gobiernos con muchos menos recursos hicieron mucho más. Aylwin creó el FONDART y sentó las bases de la memoria democrática. Frei impulsó infraestructura cultural y el MIM. Lagos entendió la cultura como espacio público y dejó instituciones como la Biblioteca de Santiago, el Centro Cultural La Moneda y Matucana 100. Bachelet creó el Ministerio de las Culturas, el GAM y el Museo de la Memoria. Eso es herencia. Eso es estructura.

¿Cómo pretendemos dar la famosa “batalla cultural” si no fuimos capaces de construir ni una sola trinchera institucional que la sostuviera? La batalla cultural no se gana en simposios de izquierda entre convencidos; se gana cuando el ciudadano de a pie siente que el centro cultural de su barrio, su biblioteca o su canal público le pertenecen tanto como su propia casa.

Los resultados electorales no cayeron del cielo. También son el reflejo de una cultura democrática que no supimos —o no quisimos— construir como un bien común protegido, accesible y socialmente significativo.

Lo que queda, entonces, no es un proyecto reconocible, sino una red de voluntades precarizadas. Y el riesgo no es solo el recorte presupuestario: es algo más profundo y más peligroso, que a la gente no le importe que recorten; la irrelevancia social de un tejido cultural que no se siente como propio.

Tal vez el problema no sea que la política cultural del Estado está hoy amenazada.

Tal vez el problema es que nunca terminamos de construir, colectivamente, una institucionalidad cultural lo suficientemente sólida como para que valiera realmente la pena salir a defenderla.