Al puro estilo Donald Trump, con un show rojizo y azulado en el Movistar Arena, el candidato del Partido Republicano reforzó su discurso antigobierno y reclamó suya la tarea de “levantar a un país de las ruinas”. Convencido de que los males los encarna el oficialismo, hoy conducido por Jara, apeló al miedo e instaló, a través de palabras sencillas, la necesidad de reconstruir Chile, acercándose a la narrativa de refundación que tanto rechazó en el pasado. En sus palabras esta será su última carrera por la presidencia. ¿La tercera es la vencida? Kast está seguro de que sí.
La hora peak en la Línea 2 se adelanta más de lo habitual. Son apenas las cinco de la tarde y los codazos en el vagón sorprenden a los pasajeros que viajan a sus casas. Medio en broma, medio en serio, una mujer agita su abanico diciendo a quien la escuche: “me cargan los conciertos”.
Seguramente no es la única confundida. La escena se repite semanalmente para las y los vecinos del Movistar Arena. Pero esta vez, cuesta adivinar quién es el artista. Del Parque O’Higgins salen jóvenes que se mezclan entre cabezas blancas, pantalones de tela que desfilan al lado de jeans, pieles tatuadas que saludan a lo lejos a padres de familia.
Sobre el calor sulfurante que irradia el hormigón de la explanada hay cientos en las filas. Luis Silva es uno de ellos. El ex consejero constitucional y actual vicepresidente del Partido Republicano no suelta el celular y contesta paciente las llamadas y mensajes que le llegan por minuto. Nadie lo reconoce, pero no puede evitar la mirada curiosa del resto: es el único de terno y camisa en toda la cola, una que no deja de crecer. Son más de 70 los buses que han llegado con personas de distintas localidades y comunas del país. El viaje lo paga el PRcH.
Entre gruesos hielos, el agua mineral de los ambulantes hace ojitos a los asistentes. También las micheladas a luca. El sol, que aún es fuerte, no perdona y solo frena sus rayos cuando choca contra los jockeys Make America Great Again. Hay muchos. Rojos con letras blancas como las banderas que un par de jóvenes llevan bien ubicadas en sus espaldas.
“Está la Jara en Maipú, hueón, deberíamos irnos pa’ allá. Aquí esta wea cierra y era. Allá está el público”, le dice un vendedor de algodones de dulce a su compañero. Al Movistar Arena no pueden entrar. Al contrario de Jeannette Jara y Johannes Kaiser, el Comando de José Antonio Kast eligió un sitio hermético para cerrar su candidatura. En los últimos días ha sido fuertemente criticado por usar un vidrio antibala en un acto en Viña del Mar.
Pero Rodolfo Carter, candidato a senador por La Araucanía, defiende la medida de seguridad: una persona como Kast es blanco de atentados aquí y en cualquier parte de Latinoamérica.
“Tengo lista la navaja pa’ echarme zurdos”, dice un joven, quien luego de guardarla en una de sus zapatillas, pregunta en voz alta: “¿Por qué no sigue vivo Pinochet?”. Y, de reojo, mira despectivo a un guardia de piel morena en la entrada del Parque O’Higgins.
Quedan cinco días para las elecciones presidenciales, las primeras con voto obligatorio, y mientras aproximadamente 1/5 de chilenas y chilenos aún no se definen por ningún nombre en la papeleta, según las encuestas Cadem e ICSO-UDP, en la cúpula la respuesta es clara: vota 5, vota Kast.
A las 20.00 de la tarde, la gran estrella en el suelo, mitad roja, mitad azul, espera a Kast. Es el plató en el que declamará. No hay vidrio protector, pero allí al frente se siente todo más seguro. La cancha está reservada para sus más cercanos colaboradores. Candidatos al senado, cores y diputados. Republicanos como Squella, Barchiesi, Romero y el bullado asesor Bernardo Fontaine, vinculado hace pocos días a operaciones que financian bots y trolls, a través de la Fundación Ciudadanos en Acción.
Los patriotas entran en oleadas y en las galerías y plateas ya no cabe más gente de pie. Allí están los anónimos. Rostros morenos, cabellos negros, poleras de colores y cintillos en el pelo. De todas las edades, son ellas y ellos la mayoría, quienes pueden darle la victoria a Kast. Entre selfies esperan de pie, otros sentados es las escaleras, por sus referentes. Abajo, todavía hay asientos vacíos. Es la zona VIP.
La primera gran bulla aparece cuando la cámara enfoca a Rodolfo Carter. Iluminado por un foco, la gente enardecida clama por su presencia. Las predicciones lo coronan como ganador en la Región de la Araucanía, capaz de arrastrar con él a Ruth Hurtado del Partido Republicano y dejar fuera del Congreso a la hermana de Kaiser.
El show abre con Los Vikings 5. “Tanta bandera chilena, Dios mío”, dice el vocalista, intentando animar a un público que reserva sus energías para el momento estelar. Los clásicos de siempre no logran hacer mover las caderas, quienes con tibios saltos apenas arrugan sus camisas.
La segunda ovación la protagoniza el Cabo Zamora, ex uniformado que empujó durante las protestas del Estallido Social a un joven del Puente Pío Nono. Su rostro también está afuera, en la portada de un libro que cuenta la trama judicial desde su propia vereda.
Allí está presente la editorial Entre Zorros y Erizos, misma que ha publicado títulos sobre el caso de Ronald Ojeda y el testimonio de Claudio Crespo, carabinero responsable de cegar a Gustavo Gatica, en 2019.
La cumbia sigue sonando, hasta que un cambio de letra se apodera de las gradas. En la galería no es un “año más el que se va”. Protegidos entre el tumulto de adherentes, un grupo de jóvenes canta “¿Cuántos comunistas se han ido ya?”.
Son quince, son veinte, son treinta.
Cuarenta, cincuenta, sesenta.
Las luces se apagan a las 21 horas. La pantalla principal, suspendida en 360° sobre el escenario muestra una secuencia que recorre los últimos ocho años de José Antonio Kast: su irrupción en 2017, su paso por el Congreso, la segunda vuelta de 2021 y su consolidación como líder del Republicanos. La voz en off, grave y solemne, remata con una frase que se repite como mantra: “Cuando nadie se atrevía, él se atrevió”.
“El futuro Presidente de Chile”, como lo presenta la periodista y panelista del programa Sin Filtro, Mara Sedini, entra con su esposa María Pía Adriasola. El viaje al podio es lento. Kast se toma el tiempo y saluda al público enardecido. Su traje oscuro y de corbata roja está impecable y a la medida.
El beso que se dan sobre la estrella del escenario es frío y apurado, pero marca el inicio de lo que será el leitmotiv de su discurso: tener todo bajo control. Kast agradece. Agradece mucho. Y antes de dejar de improvisar, aclara que es “disperso” y que por favor ubiquen bien el teleprompter para empezar.
Todas sus palabras van en contra del gobierno. Apunta a Boric, a Jara. Por momentos, los gritos, aplausos y rostros alegres en el lugar hacen olvidar que la narrativa se apuntala en la crisis. La destrucción total como si Chile hubiera sido arrasado por un terremoto de características inimaginables. Todo está mal, muy mal y solo hay un camino, uno que tanto rechazó en el pasado: la reconstrucción.
“Ella dice ‘Es Jara’ y nosotros le vamos a recordar todos los días su eslogan. El desempleo femenino: Es Jara. El alza en la cuenta de la luz: Es Jara. Los compatriotas que mueren en las listas de espera: Es Jara. El PC: Es Jara. Manuel Monsalve es Jara. Boric es Jara y Jara es Boric”.
Si alguien llegó a escuchar propuestas, se va con las manos vacías. Los 37 minutos de oratoria se avivan con las alabanzas a carabineros “que enfrentan a los terroristas que disparan por la espalda”. Kast se ve seguro, pero no sorprende. Su discurso no aturde ni logra la épica del pasado. Con palabras lavadas a mano, cuidadas y recatadas, rehúye uno a uno los temas que podrían causar una nueva baja en las encuestas. Es que disco rayado, es disco condenado a la basura, y si bien el republicano lleva cinco meses liderando la intención de voto en segunda vuelta en las encuestas, no ha podido hacerle frente al 33,2% de la Jaraneta ni a su kumpel Kaiser, que le alcanza los tobillos con un 16,8%, según el medio especializado Bloomberg
Bajo las banderas tricolor, repartidas gratis por guardias y miembros del comando, no se ven chupallas huasas. A su espalda, las 16 copias que representan las regiones de Chile no parten de la misma base. Unas parten desde abajo mientras otras relucen en la cima.
Las graderías se impregnan de la parsimonia del candidato. Le habla a los suyos sin necesidad de ahondar en nada. Se siente en casa. Sabe que los y las asistentes lo adoran. Que lo defienden con gritos y navajas. Que el lunes 17 de noviembre despertará con una victoria pasajera, para dar el 14 de diciembre el batacazo final.
El azul, color del Océano Pacífico, forma olas fuertes, pero está lejos de devenir en un tsunami mortal. El blanco le recuerda a las primeras filas esa Cordillera de los Andes desde la que tuvieron que bajar. La sangre, roja y brillante, amenaza con volver a ser derramada por los héroes de la independencia. La estrella filosa, aunque destaca, sigue sola en la cima.
“Somos nosotros, no otros, la mejor opción”.
Esta vez, Kast asegura, la tercera es la vencida.