CUANDO APAREZCAN LOS DESAPARECIDOS Y TODO SE ACABE
un comentario sobre la película El Deshielo
¿Existen razones realmente coherentes para que alguien desaparezca? ¿Cómo hacer de las desapariciones un ejercicio de memoria colectivo? En esta nueva entrega de #LaDosis, revisamos (sin spoilers) la segunda película de la directora Manuela Martelli, El Deshielo, la misma que fue seleccionada por la Academia de Cine para competir en la próxima edición de los Oscar.
x Tomás García Álvarez
Un diente cae de la boca de Inés y la sangre corre por el lavamanos. La protagonista intenta ocultar su secreto entre las habitaciones de un centro de esquí que conoce muy bien. Guarda las piezas blancas manchadas por el sarro. No quiere que nadie sepa que ella sabe la verdad sobre el ratón de los dientes. Afuera, mientras la nieve cubre la montaña, los grandes secretos, los malintencionados, son solo la punta del iceberg de un país que apenas comienza a mirar a sus propios demonios.
En esta, su segunda película, Manuela Martelli (43) escoge el hielo como gran escenario y la transición chilena como telón de fondo. Es 1992 cuando un grupo de esquiadores alemanes llega al centro turístico de los abuelos de Inés a practicar el deporte de competición. Entre ellos está Hanna. Tiene 14 años. Le incomodan las bromas masculinas, viste poleras de Iron Maiden y tiene una actitud rebelde que su entrenador no logra domar.
Interpretada con excelencia por la joven actriz Maya O’rourke, Inés se ve cautivada por Hanna. Quiere estar cerca de ella. La mira, la sigue, le ofrece compañía, quiere descansar la cabeza en su hombro mientras la joven fuma a escondidas. En parte, quiere ser como ella.
Tanto en su ópera prima, 1976, como en El Deshielo -parte de una trilogía que la directora viene desarrollando: primero los 70’, ahora los 90’, vendrán los 80’-, Martelli construye potentes personajes femeninos que sostienen sus tramas. En la primera, Carmen, una mujer que salva a un perseguido de Pinochet; en la segunda, una niña que dibuja su mundo propio, aquel que se ve perturbado por la desaparición de su nueva amiga.
Una mañana, Hanna no regresa a su pieza. Allí, las cosas se quiebran.
Inés ve a carabineros (que poco hacen y mucho dicen), voluntarios y montañistas abrirse paso entre la nieve para encontrarla y una madre recién llegada se pregunta cómo es posible que su hija desaparezca y nadie sepa nada.
Sin frenesí, Martelli nos regala imágenes de colores vivos y planos amplios, muy bien cuidados, sostenidos por un suspenso que inquieta y aprieta el estómago. Montañas blancas que intimidan, pasillos kubrickianos y clips de tv que agudizan la tensión. Todo ello para hacernos pensar en ese pasado reciente. En el peso del secreto familiar, la lealtad que nos pedimos unos a otros para cuidar a los nuestros.
Pactos de silencios que hasta hoy perduran en impunidad o como nos dice la abuela de Inés -interpretada por Paulina Urrutia- en El Deshielo: “Tú no sabes nada, yo no sé nada, nadie sabe nada”.
La directora nos lleva a esos primeros años de democracia en los que la justicia recién asomaba como posibilidad. Pero no lo hace contándonos una historia pura sobre la dictadura. Al contrario, retrata una en la que inevitablemente, y como consecuencia, se cuelan las heridas que no suturan y que son el gran hielo que, hasta hoy, cargamos como país: el silencio de algunos.
Mientras la madre busca desesperada a su hija, aparecen en la televisión los primeros hallazgos de los detenidos desaparecidos de Pinochet. Osamentas empolvadas en medio del desierto. Inés abre los ojos. No entiende, pero se sorprende. Pregunta a la mujer que la cuida sobre ese hermano que desapareció hace algunos años, a ver si logra entender con eso lo que le pasó a Hanna. Pero ella dice que no es lo mismo.
No es lo mismo, pero es casi igual.
Inés confía en que su amiga va a regresar, que todo acabará. Cuando la nieve se derrita en la montaña y llegue el verano, Hanna estará de nuevo con ella.
Con astucia y detalle, la directora recoge elementos de su primera película y las lleva a la segunda para desatar, de forma poética, emociones y estados mentales como la rabia, la venganza y la incertidumbre. Un zapato que se mancha en 1976, uno que arde en el fuego en El Deshielo. Una Carmen azotada por la pérdida, una Inés pasmada por lo que acaba de encontrar. Ambas, finalmente, enfrentadas a una celebración. Carmen a un cumpleaños, Inés a un pie de cueca. Las dos continuando con la vida porque así, al parecer, tiene que ser.
La gran tensión que Martelli nos pone enfrente es pensar las desapariciones como un conflicto colectivo. En los mensajes que brotan para castigar a quien desaparece, en las razones que se plantean al voleo para justificar una desaparición. ¿Existen razones realmente coherentes para que alguien desaparezca?
En la responsabilidad de seguir buscando hasta el final.
En un ejercicio de memoria no forzado ni impostado, muy pertinente a solo días de que la ultraderecha se enfrente a un 11 de septiembre desde La Moneda, y mientras El Deshielo ha sido seleccionada por la Academia de Cine para competir por un Oscar, Martelli nos sugiere que quizás, cuando el hielo se derrita, aparezca Hanna. Cuando el silencio y los secretos se terminen, quizás, con el verano, se asome la verdad.
Quizás cuando la tierra ceda, el mar se seque, el barro suelte el agua, aparezcan los desaparecidos que 53 años después siguen sin aparecer.