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LAS ÚLTIMAS MUJERES RURALES:

el histórico programa cerrado durante el gobierno de Kast que
empoderó a más de 35 mil mujeres

A finales de julio, el Ministerio de Agricultura confirmó el fin del Programa Mujeres Rurales que desde 1992 capacitó, a través de talleres de empoderamiento femenino, producción y conocimiento agrícola, a más de 3 mil mujeres por año. En Peralillo, cinco mujeres llegaron al programa con la intención de aprender a producir licores de frutas, pero acabaron construyendo mucho más: un mundo aparte de los cuidados y quehaceres del hogar. Versiones independientes de sí mismas, y grandes lazos de amistad. “Todavía hay pueblitos chiquititos de acá en los que las mujeres están en los tiempos de antes. Y esto [el programa] les ayuda harto. Y eso uno lo siente mucho”, lamenta una de sus integrantes.

x Valentina Hoyos

Roxana Morales (39) se graduó por primera vez hace dos años. Un día de diciembre, en medio del verano en Peralillo, región de O’Higgins, se despertó a las siete de la mañana y comenzó a realizar sus quehaceres de todos los días: lavó la loza, hizo desayuno y sacudió el polvo de todas las superficies de la casa. Pero esa vez, las tareas no estaban destinadas solo a su familia. Se preparaba para celebrar su egreso del Programa Mujeres Rurales, la iniciativa que la ayudó a comprender que era capaz de aprender algo nuevo, que podía tener algo propio.

Ese día era de ella.

Estaba tan nerviosa que terminó desfilando tres tenidas distintas frente a su familia: reemplazó las zapatillas por tacones, las poleras por un vestón oscuro. Y su pelo negro rizado, el que guardó durante toda la mañana con un gorro de baño, decidió alisarlo. Su sobrina hizo los últimos retoques: pintó sus labios de color rojo, y delineó sus ojos. 

“Me sentí bonita. Me sentí importante. Era algo nuevo para mí, porque uno se echa una manito de gato cuando tiene algo importante. Antes decía: ‘chuta, son mis hijos los [que hacen] harto’. Pero ahora soy yo la protagonista”, cuenta Roxana. 

Durante meses, se dedicó a elaborar licores frutales, gracias al Programa Mujeres Rurales. Este último, financiado por el Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario (INDAP) y ejecutado por la Fundación para la Promoción y Desarrollo de la Mujer (PRODEMU), tiene una premisa simple: independizar y capacitar durante tres años a un máximo de 10 mujeres rurales —una población con históricas desigualdades de género, educación y económicas— mediante talleres de producción técnica de materia prima, desarrollo organizacional y empoderamiento personal. 

Pero el propósito va más allá de la ayuda técnica: el objetivo final durante tres décadas ha sido que las participantes comprendan que son sujetos capaces de decidir, de trabajar fuera del hogar y con ello mejorar su autoestima. 

Hasta ahora, la iniciativa ha apoyado a tres mil mujeres por año, y más de 35 mil en toda su historia. Sin embargo, a principios de junio de 2026, INDAP emitió un oficio que congeló el ingreso de nuevas usuarias. Un mes después, su subdirectora, Antonella Pecchenino, explicó ante la Comisión de Agricultura, Silvicultura y Desarrollo Rural de la Cámara de Diputadas y Diputados las razones. Entre los antecedentes se mencionó que alrededor de $1.300 millones —cerca de un tercio del presupuesto—, se destinaban a gastos administrativos de PRODEMU. Además, identificaron que algunas de las mujeres atendidas no cumplían con los requisitos para ingresar al programa, como ser propietaria de tierras, y que Contraloría había advertido problemas de gestión. 

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No obstante, la DIPRES también evaluó el uso de los recursos públicos que se hizo durante 2025, y determinó que estaba dentro de los rangos esperados. Indicó que, durante ese año, se hizo un gasto total de $3.980 millones en el programa. Del total, el 11% correspondió a gastos administrativos, mientras que el resto se utilizó en capacitaciones productivas con enfoque de género y subsidios para las beneficiarias. 

Además, la misma medición afirmó que el programa podría reformarse para fortalecer las capacidades productivas, las asesorías y el presupuesto de inversión para que las participantes generen ingresos suficientes y sostenibles. 

El  golpe final llegó con la crisis financiera de PRODEMU. Según BioBioChile, la institución enfrenta deudas que van más allá de los $1.000 millones y dos querellas por presuntas irregularidades financieras. Se presume que la fundación también cerrará a fines de este año. 

“La decisión responde a la necesidad de proteger los recursos públicos y asegurar que los presupuestos destinados a las mujeres rurales se traduzcan efectivamente en inversión, asistencia técnica, comercialización, riego, asociatividad y fortalecimiento de sus proyectos productivos”, explica Alejandro Zambrano, Director Nacional Subrogante de INDAP. “En ese sentido, los recursos institucionales no pueden quedar comprometidos en déficits institucionales, gastos rechazados o problemas administrativos que no son responsabilidad de las propias usuarias”. 

PRODEMU decidió no dar ninguna declaración, pese a ser consultada por Revista Efecto. 

A pesar de los conflictos, el programa prosperó en varias evaluaciones. Por ejemplo, el Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural, emitió una evaluación que registró resultados positivos después de la intervención del programa. Según el estudio, el 68% de las integrantes aumentaron sus ingresos y subieron su producción en un 56%. 

La DIPRES también hizo sus propios hallazgos: destacó que el porcentaje de usuarias que aumentaron sus ingresos brutos por ventas pasó del 42% en 2024 al 67% en 2025. Sin embargo, en ese mismo período, el número de beneficiarias disminuyó de 3.245 a 2.906.

Pero hay algo que las participantes del Programa Mujeres Rurales dicen que no aparece en esas cifras: lo que significaba tener un espacio propio.

Programa Mujeres Rurales: 34 años de conocimiento técnico y empoderamiento

Roxana fue una de las mujeres que encontró ese lugar en Peralillo. Durante tres años aprendió un oficio que requería conocimiento químico y matemático. Recuerda las clases en las que le enseñaban cómo destilar o hacer fórmulas, las cientos de veces que falló y el olor del primer licor de cereza que pudo hacer a la perfección. 

“Esto es algo que yo logré por mi cuenta, no por los demás. Fue algo con sacrificio, que me enrabiaba, que lloraba, que la cabeza me explotaba… Es algo que yo logré con mis propósitos”, explica Roxana. 

Si bien la política pública se creó en 1992, los eventos que impulsaron su nacimiento se remontan a la década del sesenta. Y aunque la dictadura truncó la organización campesina, en el mundo rural ya se había gestado una semilla organizativa de la que las mujeres aprendieron a través de la observación, incluso en la clandestinidad: en 1986, se realizó el Primer Encuentro de la Mujer Rural en Punta de Tralca, impulsado por la Comisión Nacional Campesina (CNC). Allí se reunieron más de 600 dirigentas del campo —muchas de ellas salieron de sus comunas por primera vez—, y crearon el departamento femenino de la CNC. 

Olga Gutiérrez, presidenta de la Confederación Nacional Unidad Obrero Campesina de Chile, recuerda cómo era la vida de la mujer rural a finales del siglo pasado. “Éramos muy postergadas. No éramos sujetos de crédito, menos usuarios del INDAP. No éramos dueñas del terreno, los titulares eran los hombres, los maridos. Hacíamos mermelada y la vendíamos así nomás, al vecino o alguna feria. Pero no existíamos, no éramos un número. Éramos como un apoyo del marido”, cuenta.

Luego del retorno a la democracia, la organización solicitó la creación de un espacio para analizar la vida de las mujeres campesinas. Dos años después, nació el Programa Mujeres Rurales.

Para Gutiérrez, uno de los elementos fundamentales era que el programa no se limitaba a enseñar un oficio. “Sí es importante el tema productivo, pero primero es el desarrollo personal (…) [Las mujeres rurales] son mujeres golpeadas, mujeres sin comunicación, mujeres que no son sujetos de nada. Reconocerse de que yo puedo ser un aporte y que soy capaz es muy importante para las mujeres campesinas”, afirma.

La subdirectora de INDAP indicó que las mujeres rurales no serían abandonadas, pues las usuarias actuales —que representan cerca del 3% de todos los beneficiarios de INDAP—,  del programa serían transferidas a los programas de producción de la institución. Sin embargo, la nueva iniciativa no contempla los componentes de desarrollo personal que sí se consideraban en el Programa Mujeres Rurales, la que era especialmente ejecutada por PRODEMU. 

Trabajar, cuidar y vivir con menos oportunidades

Según Sebastián Acosta, exjefe de la División de Fomento Productivo de INDAP, las mujeres del campo necesitan políticas públicas focalizadas. “INDAP atiende a mujeres rurales, sí, pero las atiende igual que a los hombres y no atiende sus brechas. Entonces, ahí viene el carácter distintivo de este programa (…) INDAP no capacita en derechos de la mujer rural, en habilitaciones para el trabajo en equipo y asociativo, liderazgo femenino en economía y toma de decisiones”. 

La importancia de esto, dice, es que las mujeres rurales viven desigualdades específicas. “El rol de género en el campo, querámoslo o no, todavía está muy presente. La mujer es la que se hace cargo de la casa, de la familia. Ella trabaja en el campo y tiene una dinámica de producción que se limita, por ejemplo, al entorno de la casa”, explica Acosta. 

Los datos lo respaldan. Según la encuesta CASEN, en 2006 las campesinas tenían una participación laboral del 28% frente al 71% de los hombres. En 2015, aumentó al 35%. Sin embargo, la cifra se ha estancado hasta la actualidad, pues en el 2024 se registró que la ocupación laboral de las mujeres aumentó al 36%.

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Muchas de ellas no tienen la oportunidad de estudiar o independizarse, y acaban convirtiéndose exclusivamente en dueñas de hogar. Según indica INDAP, el 47% de las mujeres rurales dedica más horas a labores de cuidado no remuneradas en comparación con sus pares urbanas. 

Enfrentar este panorama fue una de las razones por las que Roxana lloró de emoción cuando recibió su certificado de egreso. No había vuelto a estudiar desde el 2006, cuando finalizó cuarto medio en una escuela nocturna a los 23 años. Antes de eso, sólo tenía octavo básico. Desde ese momento, fue temporera recogiendo tomates y ciruelas en Peralillo. Se levantaba a las seis de la madrugada y trabajaba hasta las tres de la tarde bajo el sol.

No era la única. 

Claudia Cáceres (56), una de sus compañeras del programa, dejó de estudiar después de sexto básico. Según ella, seguir formándose no era un camino lógico o que alguna quisiera tomar. En su caso, dice, el futuro parecía estar definido.

“En mi casa siempre me decían: ‘ay, si lo único que tú sabí’ es tener cabros chicos’. Entonces como que a uno le dicen eso, como que naciste para eso. Y uno se lo creía po'”, explica.

A los 17 años, Claudia ya tenía dos hijas. Durante ese tiempo, su pareja trataba de mantener a su nueva familia con trabajos temporales en el campo, mientras ella se dedicaba a limpiar casas en Santa Cruz. Con pocas experiencias fuera del hogar, comenzó a dudar de sus propias capacidades.

Esa fue una de las primeras cosas que trabajó con el psicólogo del Programa Mujeres Rurales. Durante el primer año, los funcionarios de PRODEMU se enfocan en dos áreas principales de la vida de las participantes: su autoestima y la manera en la que se relacionan entre ellas a través de talleres de desarrollo personal. 

“Yo trabajaba, pero no me veía como una persona emprendedora, que iba a tener algo, un producto que salía de mí. Que yo era capaz de hacer cosas. Pero después llega una persona que te empieza a descubrir, a decirte que eres capaz. Eso es muy diferente”, cuenta Claudia. 

Lo mismo pasó con Roxana. En su caso, ella y sus compañeras recuerdan que era una persona tímida, trataba de no hacer contacto visual mirando hacia abajo y hablaba muy poco. Sin embargo, las veces que interactuaba con el grupo, hacía reír a las demás. Así, el psicólogo le dijo que era una persona divertida, que podía animar al resto. 

“La verdad es que me ayudó bastante. Porque como dicen las demás chiquillas, yo era callada. Y ahora yo llegó aquí y les digo: ‘llegó por quien lloraban’. Ahora acompaño a las chiquillas, las llevo a la feria, les cuento tallas. Me sirvió bastante la experiencia con Don Miguel [el psicólogo]”, relata Roxana.  

Más allá del cuidado

El programa también buscaba crear redes de apoyo entre las participantes. Las mujeres rurales desempeñan roles que usualmente las aíslan en sus hogares, como la crianza o el cuidado de adultos mayores. Según la Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia 2022, el 12% de las personas cuidadoras de un familiar con dependencia severa son habitantes de zonas rurales. 

La cifra se refleja en las vidas de las participantes de Peralillo. Por ejemplo, Claudia comenzó a hacerse cargo de sus padres, cuando su mamá fue diagnosticada con Alzheimer. La situación empeoró cuando se le sumó el diagnóstico de cáncer y murió pocos meses después. Su padre, que padecía glaucoma, quedó ciego y comenzó a necesitar ayuda para desenvolverse en la casa. Hoy, Claudia trabaja como asesora del hogar durante las mañanas y cuida a su padre durante las tardes.

“Yo voy a ser sincera, a veces no quiero ni ir a la casa de mi papá. Es muy agotador. Te dicen: ‘pero si es tu papá’. Si eso uno lo tiene claro. Pero te cansa emocionalmente, de que tienes que estar todo el rato corriendo”, explica Claudia. 

La situación hizo que dejara uno de los talleres a los que más iba: el de crochet. Sin embargo, el programa Mujeres Rurales le ofrecía compatibilidad con su vida y, además, representaba una oportunidad para aportar económicamente. 

Algo parecido ocurrió con Patricia León (63). Antes del programa, la primera ya vivía con artritis, enfermedad que la llevó a dejar su trabajo de cocinera en el colegio de Peralillo y jubilarse de manera anticipada. Poco después tuvo que comenzar a cuidar a sus padres. Su mamá, también aquejada por la artrosis, comenzó a tener complicaciones para moverse y su padre empezó con problemas al corazón.

Entre la rutina y el aislamiento, Patricia desarrolló depresión.

“De repente me sale el llanto porque veo que los demás hacen su vida, salen para donde quieren, se divierten; y yo arrastré a mi familia acá (…). Mi marido, de repente me dice: ‘¿vamos a tal parte?’. Y yo le digo: ‘pucha, mi amor, es que a qué hora vamos a llegar, quién le va a dar comida a mi papá…’”, cuenta la mujer.

Por lo mismo, cuando le ofrecieron ser parte del taller de licores frutales —los que trata de realizar en sus tiempos libres—, pensó que sería una buena oportunidad para aprender. 

“El sacarme de la rutina, el hacerme crecer en lo que yo hacía, que era preparar licores y perfeccionarme en lo que ya hacía, fue un enorme impulso para mí como persona”, afirma Patricia.

Asimismo ocurrió con Ana María Lorca (53), la presidenta de la agrupación. Cuando supo que buscaban personas para ser parte del programa, pensó que no iba a tener tiempo. Su cuñada, Claudia, insistió en que se inscribieran. Las dos necesitaban despejarse de sus quehaceres, pues Ana María cuidaba a sus padres desde el 2020. Cuando llegaron les avisaron que debían tener una directiva. Sin haber conversado previamente, la mayoría eligió a Ana María como representante. 

“Nunca pensé que era tan bueno el aprendizaje, porque este programa nos ayudó a creer en nosotras como mujer. A decir: ‘me la puedo’ (…) Uno rompe esta rutina al ir a este programa. Salir es importante, sobre todo para mí: enfocarme, darme cuenta que uno tiene más capacidades como mujer, no solamente para cuidar o estar en casa”, relata Ana María. 

Salir de la rutina fue lo que justamente necesitaba Patricia López (63). En su caso, llegó a Peralillo de casualidad buscando un nuevo lugar para vivir después de años trabajando en Santiago. Estaba recién casada y se instaló en la zona segura de que encontraría un trabajo, pues se había desempeñado como química farmacéutica toda su vida. Pero al poco tiempo se encontró con el desempleo y optó por convertirse en asesora del hogar. Sin una red de apoyo, además de su esposo que trabajaba durante el día para mantenerlos, pronto empezó a deprimirse. 

La primera vez que llegó al programa, Patricia recordó a su madre, en La Cisterna, haciendo licores con aguardiente y menta, y cómo dejaba que fermentarán bajo la tierra. 

“Empecé a ver otro mundo que yo no sabía que existía acá. Primero, conocer a mis compañeras, con quienes compartíamos cosas en común, y podríamos compartir de esa manera, no sólo de vecinas. Y eso nos llevó a tener un fiato súper bonito que hasta el día de hoy existe. El apoyo moral que existe, hicimos como una familia”, relata Patricia. 

El objetivo de crear ese vínculo es clave para el desarrollo organizacional, otra de las aristas del Programa Mujeres Rurales. Su propósito es que, mediante la formación de habilidades blandas de las participantes, el emprendimiento perdure en el tiempo después del egreso. 

Espíritu de Mujer: un paso hacia la autonomía económica

Gracias a sus ganas de aprender y crecer, las integrantes pudieron participar en la Feria de Navidad de la Municipalidad de Peralillo en el segundo año del programa. Si bien el período está destinado a que las participantes puedan perfeccionar los conocimientos técnicos del rubro, los ánimos por cosechar sus aprendizajes las empujó a formalizar el emprendimiento antes. 

Tuvieron que encontrar la fórmula perfecta en pocas semanas. Tenían que escoger una fruta de estación que no dejara residuos en el producto final, y testear el sabor con sus familiares. La presión se sentía: si el licor salía mal, perdían semanas de trabajo. Una de las primeras creaciones fue el licor de limón y menta, y junto con él, Patricia sugirió el nombre ganador del emprendimiento: Espíritu de Mujer. 

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En el último día de la Feria Navideña, vieron los frutos de su esfuerzo. Las integrantes y sus maridos se reunieron alrededor de una camioneta para contar las ganancias de las ventas, y así repartirlas en partes iguales. Allí, se dieron cuenta de que recaudaron cerca de un millón de pesos. 

“Ver la cara y los ojos de nuestros esposos en nuestra primera feria, fue una experiencia inolvidable. Quedaron como: ¡wow, qué hicieron! Entonces, una de las chicas le dijo: ‘aquí está poh, ¿te acuerdas cuando me decías para qué iba a lesear, a perder el tiempo?’”, relata Patricia López entre risas. 

Un futuro sin mujeres rurales

Hoy, las participantes de la agrupación Espíritu de Mujer, recuerdan las anécdotas en su propio taller. Lo construyeron hace cerca de un año, con las ganancias de su emprendimiento y con subsidios estatales. Allí, tienen organizadas decenas de botellas de licores, y es el punto en dónde venden y reciben clientes. Además, en ese espacio se reúnen todos los meses: a veces para trabajar en nuevos sabores, otras para compartir sus vidas. 

Entre risas, hablan de su infancia y su familia, qué pensaron al haberse conocido por primera vez, y hasta llegan a conversar sobre la dictadura de Augusto Pinochet. Todos los temas de conversación son bienvenidos, excepto cuando toca hablar sobre el fin del Programa Mujeres Rurales. Allí, sus caras ceden, se ponen serias y las sonrisas se acaban. 

“Hay mujeres que son maltratadas acá, porque el hombre es machista. No todos, pero el hombre de campo es machista. Pero hay mujeres que son maltratadas, psicológicamente también, y tener una ventana para salir de sus casas a tomar estas cosas, les cambia la vida. Ver el mundo exterior, que uno puede hacer cualquier cosa”, finaliza Ana María.