DESARMAR A LA MUJER METRALLETA

Armada con una UZI, Marcela Rodríguez se ganó el nombre de “la Mujer Metralleta”, transformándose en un ícono de la lucha armada que remeció a la transición chilena. En 1990, durante el intrépido rescate de Ariel Antonioletti, una bala la dejó en silla de ruedas, marcando el fin de su clandestinidad. Exhibida por los gobiernos de la Concertación como símbolo de terrorismo, la militante del Movimiento Juvenil Lautaro pasó sus últimos años en Italia, donde escribió poesía y soñó con volver a Chile. A dos meses de su muerte y a 35 años de uno de los episodios más bullados de los noventa, esta es su historia.

x Andrés López Awad

Todas las guerras se libran dos veces,
la primera en el campo de batalla y
la segunda en el recuerdo.

Viet Thanh Nguyen.

Cuando la bala perfora su columna, Marcela Rodríguez no siente dolor. Es más bien un hormigueo. Un calor extraño que se expande desde su pecho hasta las piernas. «¡Me dieron!», gime, con la lucidez que antecede al shock. Piensa que aún puede moverse. Que lo que siente es sólo el retumbe de la camioneta, el traqueteo del pickup alejándose del hospital. Pero su cuerpo ya no responde.

Dos de sus compañeros también están heridos. A uno la bala le atravesó la carne de un lado a otro, dejando estelas oscuras y viscosas. El vehículo corre por Vicuña Mackenna, rumbo a ninguna parte. En el aire húmedo de la tarde de primavera, los disparos son ecos de lo ocurrido minutos antes: un baño de sangre que dejó a cuatro gendarmes y un carabinero tendidos a las afueras del Hospital Sótero del Río.

Marcela intenta incorporarse, pero su cuerpo ya no le pertenece. Aún no lo sabe: los fragmentos de plomo están desparramados entre su segunda y tercera vértebra. Vuelve a intentarlo. Nada. Entonces demanda a sus compañeros terminar el trabajo.

Pide que la ejecuten.

Aprietan los dientes. Uno le sostiene la mano y le dice que no, que sólo necesita atención médica, y que ellos no pueden dársela. El silencio delata su miedo. Afuera, el país estrena la democracia; adentro, en esa cabina sucia, una insurgente de las Fuerzas Rebeldes y Populares Lautaro agoniza.

Acuerdan dejarla. Marcela está de acuerdo. La recuestan sobre el asfalto en medio de una villa en la comuna de La Florida. Mientras la sangre se va mezclando con el polvo, fingen una discusión de pareja y disparan al aire para llamar la atención.

—No puedo quedarme—le explica su compañero, de rodillas junto a ella—perdóname. Le da un beso tibio en la frente que nunca olvidará. Marcela lo ve alejarse y, por primera vez, llora. Es difícil saber si cuando decidió tomar las armas contra la dictadura, y ahora contra la democracia, imaginó su final así: la piel cerosa derritiéndose sobre el concreto. Sus últimas fuerzas traicionándola.

Justo cuando se prepara para morir, escucha una sirena. El horror se apodera de ella. Piensa que si es la policía, la rematarán ahí mismo. Para una combatiente como Marcela, el término de la dictadura no significa el fin del peligro. Pero cuando con la pera pegada al pecho nota que se trata de una ambulancia, respira aliviada. 

La suben a una camilla de metal, la cubren con una manta blanca, le colocan una sonda por la nariz y una almohada de cuero bajo la cabeza. Vuelve al mismo hospital del que había escapado, ahora escoltada por los mismos uniformes y subametralladoras Uzi contra los que se habían trenzado a balazos horas antes.

Mientras la trasladan, ve el firmamento moverse sobre ella, un gris denso que parece inclinarse para despedirla. Años más tarde, Marcela Rodríguez recordaría en un poema ese instante del 14 de noviembre de 1990: en un segundo la muerte pasó por mi lado / queriendo llevarse mi vida y mi ideal, / mas no era mi tiempo de partida / y de espalda en tierra mirando el cielo / me fui despidiendo de mi hermosa libertad.

Los diarios cubren la masacre y en notas secundarias publican frases sueltas: Capturada la Mujer Metralleta . Recibió un balazo por la espalda . Quedó inválida.

***

Creció en Villa Sur, una población de casas perdidas entre pasajes angostos. Los techos eran planos y cada invierno el frío y la humedad se encontraban la manera de colarse. En su familia decían que si esas casas las hubieran construido en el barrio alto, aun siendo viviendas sociales, les habrían cambiado el techo a todas. Esa desigualdad todavía les da rabia. Rebeca, su hermana mayor, evoca su infancia sin mucha épica: tres niñas comunes y corrientes de un barrio popular. Recuerda también cuando el peladero donde elevaban volantines amaneció tomado. Sobre la tierra y los yuyos secos se levantó la población La Victoria.

Marcela Rodríguez, la Mujer Metralleta.

Su padre era un obrero ilustrado. Cada domingo volvía a casa con libros usados bajo el brazo para sus hijas. Marcela escuchaba fascinada las historias que él contaba sobre las luchas sindicales. Muy pronto sintió que pertenecía a ese mundo. Su primer contacto con la política fue acompañando a su madre en la campaña de Salvador Allende de 1964. Con sus hermanas lanzaban panfletos desde las micros. Lloró cuando perdió. Tenía poco más de diez años y ya decía que estaba enamorada de él. Tiempo más tarde, cuando el proyecto de la Unidad Popular llegó al gobierno, lo sintió como una victoria personal.

La cultura fue su otra trinchera. A comienzos de los setenta fue con sus hermanas a la editorial Quimantú. El rugido de las rotativas de imprenta la deslumbró. Pero lo que se grabó para siempre en su memoria fue el olor: el aire espeso, cargado de tinta y papel caliente. Frente a esas máquinas gigantescas que disparaban libros para que los obreros pudieran leer, Marcela se sintió dentro de las historias que su padre contaba en casa.

También creció entre las melodías que su mamá disfrutaba: tangos, canciones de Buddy Richard y Yaco Monti. Tenía el pelo largo, liso, con una partidura al medio, y los dientes grandes, como si no cupieran en su boca. Labios finos, comisuras que parecían siempre sonreír. Cuando bailaba, cantaba o actuaba, esa sonrisa se volvía luminosa. Era inquieta, entusiasta. Parecía tener prisa por vivir.

Todo cambió el 11 de septiembre de 1973. Esa misma tarde con su padre quemaron los libros, los discos y los documentos políticos. Se enteró también de que Allende estaba muerto.

Un día después, cruzó el centro de Santiago sorteando los controles militares con un carisma fingido hasta llegar a La Moneda humeante. Años más tarde, en un poema escribió: Mis manos apretadas por el odio / que querían desbocarse / hasta el gatillo de un arma invisible / no lograron alcanzarte / (…) / He llegado hasta aquí / donde caíste compañero / es aquí donde mi voluntad se hizo acero / y mi corazón se hizo fuego.

Ahí empezó su guerra.

***

En los primeros días de la dictadura, Marcela golpeó las puertas de sus vecinos buscando organizarlos. Nadie quería abrir. El miedo dominaba las poblaciones. Pero al poco tiempo se sumó a las Juventudes Comunistas que hacía propaganda clandestina. Tenía veinte años. El arrojo era su única coraza.

En 1976 se casó con Carlos, un amigo de su cuñado. Pronto fue madre, pero aquella alegría duró poco. Sus hijas fallecieron al poco tiempo de nacer, ambas por fallas hepáticas. Dos niñas. Dos veces. Nadie podría explicar del todo lo que se quiebra cuando un hijo muere. A partir de entonces, algo en ella se endureció para siempre.

Por esos años, junto a  su marido se incorporaron al MAPU, movimiento nacido de una fractura en la Democracia Cristiana y que, con el tiempo, se transformó en un espacio de resistencia popular. Marcela desconfiaba de su tono pastoral, pero ir contra la dictadura era más fuerte. De madrugada escondían panfletos en la línea del tren para que otros los repartieran después. Al principio sus papás las apoyaban, pero cuando las acciones se volvieron más riesgosas, el miedo entró en la casa. «Mientras ustedes estaban despiertas, yo también lo estaba», les diría su padre.

En 1983, vivió su primer cacerolazo en Villa Sur. El sonido de las ollas rompió el silencio y los vecinos salieron uno tras otro. Ese mismo año el MAPU se fracturó y nació el Lautaro: un puñado de militantes que decidió dejar de esperar y empezar a pelear. Mantuvieron un brazo político —el MAPU-Lautaro—, pero lo que de verdad prendió la mecha fue su movimiento juvenil armado. Eran muchachas y muchachos hartos del miedo, dispuestos a tomar la historia por asalto. En su primer manifiesto llamaban a rebelarse frente a «esta realidad de mierda».

Uno , exlautarino, dice que «había un elemento difícil de entender, pero tú estás contento en la resistencia a una dictadura. Eres feliz porque compartes con otros. Hay mística. Hay esperanza. Tu vida tiene sentido» . Dos , otro insurgente, complementa: «En el Lautaro éramos la alegre rebeldía».

En esas palabras, Marcela reconoció su lugar. Y también porque hacia allá migraron sus más cercanos. La confianza pesaba tanto como la convicción. Durante años se diría que el Lautaro estaba lleno de cabezas de pistola: jóvenes violentos movidos sólo por la rabia, sin densidad ideológica ni preparación armada. Aunque a fines de 1984 Marcela voló a Cuba como parte de una comitiva que recibiría formación como insurgente. Por décadas ocultó ese viaje incluso a su familia, a la que le dijo que iba a Ecuador. Allí, dejó de ser una activista para convertirse en combatiente.

En el Lautaro hacían sabotajes, asaltos a grandes comercios y bancos, ataques explosivos y se enfrentaban con la policía. La primera arma que disparó fue una metralleta.

Marcela Rodríguez escribió estos versos recordando ese tiempo: Corrimos presurosos por las calles / con los gritos, con las rabias contenidas / encendidos los neumáticos con bencina / con panfletos y la pañoleta en la cara / (…) / Nos juntamos en un parque ya sin prisa / con la cara llena de risas / con nuestra alegría desbocada / y con orgullo en la mirada.

En 1988 llegó el plebiscito. Los lautarinos desconfiaban del proceso. Temían un fraude, un montaje, una trampa. Muchos se acuartelaron esperando lo peor. Esa noche, Marcela y sus compañeros patrullaron una población armados y con más voluntad que municiones, convencidos de que habría que enfrentar al Ejército. Pero Pinochet reconoció la derrota. El país celebró. Ellos se miraron en silencio.

Por primera vez, intuyeron que tal vez no tenían razón. Y en esa grieta, sin saberlo, empezó el derrumbe hacia el dolor.

Movimiento Juvenil Lautaro
Fotografía retocada con IA

***

Decidió que desde ese día su chapa sería Amanda . Un nombre corto para una vida larga en la clandestinidad.

Se pasaba el día marcando objetivos en la calle. Sus botines eran las recuperaciones , que sentían como gestos de justicia en miniatura. Recuperaban pollos de los camiones para quienes pasaban hambre. Recuperaban juguetes de grandes tiendas para los niños en Navidad. Recuperaban condones en las farmacias para que los jóvenes vivieran libremente su sexualidad. Todo lo repartían en las poblaciones. «Le llamábamos la política de las cosas concretas . Y el mensaje que queríamos dejar en las personas era que quien se organiza lo puede hacer. Basta con tener ganas», recuerda Tres, exlautarino.

También estaban los bancos: plata rebelde, como la decían, para pagar a quienes trabajaban a tiempo completo en la orgánica y mantener las acciones insurrectas.

El asalto al Banco de Chile de Vicuña Mackenna, en mayo de 1990, estaba calculado como tantos otros. Habían estudiado el lugar, la seguridad, las rutas de escape. Pero esa mañana algo se salió del cuadro. En medio de la acción, un fotógrafo disparó su cámara. En el negativo quedó Amanda, de pie sobre la vereda, con una peluca, un pañuelo cubriéndole la boca, un bolso al hombro y una Uzi en alto. No miraba al lente, sino que más lejos. La foto la convirtió en símbolo, aunque ella no lo quisiera. 

«Más que un acierto fotográfico, está demostrando que nuestro país estaba pasando por un momento muy especial, porque había gente que estaba resistiendo a la represión en democracia», dijo el fotoperiodista y autor de la instantánea, Iván Rojas, para el documental de Francisco López-Balló.

El diario La Cuarta tituló: «La chica de la metralleta es dinamita pura: el comando le obedece ciegamente». Se convirtió en uno de los ejemplares más vendidos en la historia del periódico. Uno dice que «Marcela no representaba esa imagen de la mujer sumisa y obediente. Era una combatiente con jefatura. Veías cómo retaba a los compañeros y entendías de inmediato el rol que tenía».

La foto no venía sola. En la bajada, el diario detalló que la Uzi que llevaba Amanda había sido obtenida en una emboscada a carabineros en La Castrina, en 1989. El Informe Rettig describió ese episodio sin rodeos: «tres individuos jóvenes y una mujer pertenecientes a las Fuerzas Populares y Rebeldes Lautaro aparecieron desde la parte posterior de un kiosco e hicieron fuego contra los uniformados. Estos sorprendidos, no pudieron responder, cayendo heridos de muerte. (…) El ataque a los carabineros fue sorpresivo, sin dar lugar a la defensa y sin que hubiese justificación para atentar contra su vida».

La épica tenía su revés: una contabilidad de muertos. Según el historiador Pedro Rosas, sólo entre 1990 y 1993 el Lautaro acabó con la vida de cuatro gendarmes, diez carabineros, cinco detectives y un informante. En ejecuciones o en enfrentamientos. Los ataques o emboscadas a cuarteles y vehículos policiales superaron los cincuenta. Uno de ellos, en la comuna de La Florida, fue con un lanzacohetes LAW.

La promesa que te hago compañero / sobre escombros todavía humeantes / yo la cumplo hasta la muerte / yo la cumplo aunque me cueste.

Marcela Rodríguez fue inmortalizada como ícono pop de la violencia en la transición. Su imagen indómita se multiplicó en diarios, murales, panfletos. La bautizaron con dos palabras que la encasillaron para siempre: Mujer Metralleta.

Ella había escogido llamarse Amanda. La historia decidió otra cosa.

Marcela Rodríguez Mujer Metralleta
Gráfica x Aline Campos

***

Ariel Antonioletti no soportaba estar preso un día más. Era como si cada amanecer le limara un pedazo de cordura. Desde el primer minuto quiso fugarse. Había caído un año antes, cuando la policía detuvo a decenas de militantes del Lautaro entre octubre y diciembre de 1989, en lo que fue el primer gran golpe al corazón de la organización. La transición apenas empezaba y en las entrañas del Ministerio del Interior, comenzaba a tomar forma una criatura nueva: La Oficina. Un aparato de inteligencia civil que recicló a exagentes de la dictadura para contener a los que llamaban terroristas. En esa bitácora de enemigos, los primeros nombres eran los del Lautaro, el MIR y los frentistas autónomos.

«La fuga es el sueño, aunque uno no lo intente, porque siempre está la posibilidad de huir, de liberarse», dice Dos, que cayó en esa misma temporada negra.

Ariel tenía un ojo dañado por un lumazo. Por eso, una vez a la semana lo trasladaban al Hospital Sótero del Río para controles oftalmológicos. En alguna de esas salidas, la idea se iluminó en su cabeza. Cuatro, que era parte de la dirección del Lautaro en la cárcel, sostiene que el mismo Ariel propuso una extracción.

Sería rescatado.

Lo planificaron desde el exterior. La noche previa al 14 de noviembre de 1990 robaron los vehículos para la operación. Dos autos y, a última hora, una pickup Chevrolet maldita. Cabina abierta, fierros expuestos. Un blanco fácil. Cualquier organización sensata habría suspendido el rescate. Pero el Lautaro avanzó. Siempre avanzaba.

Primavera en Santiago. Cielo limpio, aire áspero. Cuatro recuerda que era miércoles. Día de visita. «El patio estaba lleno y llaman a Ariel para ir al médico. Él se despide sabiendo que lo iban a ir a buscar. Nadie más en la cárcel sabía», dice. En el hospital, los combatientes se dividieron en tres grupos. Uno para entrar al box disfrazados con delantales médicos para sacar a Ariel. Otro para asegurar el perímetro. Y afuera, un tercero para resguardar el portón de la salida.

Marcela Rodríguez siempre dijo que ese día estuvo en la calle, cubriendo la retirada. Lo repitió durante años. Pero fuera de grabadora, fuentes que participaron o tuvieron información directa del operativo coinciden en algo que nunca quedó en los partes policiales. Marcela fue una de las que ingresó al box.

Los gendarmes recibieron la orden de rendirse. Que soltaran las armas. Nada. Los segundos se alargaron. Hasta que la tensión se rompió. El capitán Ricardo Briceño hizo lo que nadie esperaba. Apretó el gatillo. Su compañero lo siguió. El box se llenó de balas. 

Cuando Marcela salió de ahí, Ariel iba con ella. Adentro, dos uniformados quedaron muertos.

Afuera del hospital, dos gendarmes corrieron a la urgencia al escuchar el tiroteo. No alcanzaron siquiera entrar cuando los lautarinos los enfrentaron y ambos cayeron. El primer grupo escapó hacia el estacionamiento. La pickup estaba mal posicionada y ese desajuste dejó a los combatientes de espaldas al carabinero Alfonso Villegas que apareció de imprevisto. Pa, pa, pa. Una de sus balas se incrustó en la columna de Marcela justo cuando subía a la camioneta. Segundos después, Villegas murió alcanzado por el intercambio de fuego.

«La gente asume que quienes tomamos las armas no tenemos miedo, pero la verdad es que siempre está presente. Tal vez el único momento en que no es cuando estás en una operación, en el momento de la acción. Nada anula el dolor, claro, pero cuando tú estás en esa, el miedo a la muerte es un riesgo asumido. Suena brutal, sin embargo, nosotros no nos sentimos víctimas de nada», dice Cuatro.

Había heridos graves. Tenían que tomar decisiones. La retirada era un laberinto de sirenas y un helicóptero cortando el cielo. Ahí empezó la improvisación. Dejaron a Marcela en una villa de La Florida, dispararon al aire, hasta que una ambulancia apareció. Cuando llegó de vuelta al hospital, los gendarmes la insultaron. Le dijeron que no volvería a correr. Que hasta ahí había llegado su guerra. Antes de perder la conciencia, Marcela notó un detalle: en medio de las burlas, ninguno la miró a los ojos.

Mientras tanto, el grupo que llevaba a Ariel siguió improvisando. En un giro que nadie previó, lo entregaron a un militante que no había participado en la operación. Juntos se desviaron hacia una casa que no figuraba en la planificación, sin condiciones para resguardarlo. Ariel llegó allí con las armas recuperadas y con la idea, todavía viva, de que estaba a salvo.

Esa noche, contra toda lógica, Antonioletti logró burlar los controles policiales. Santiago estaba enardecido cazando a los pistoleros. Un matrimonio que alguna vez había sido ayudista aceptó recibirlo. A la mañana siguiente, al ver el despliegue policial, les rogó que lo sacaran cuanto antes.

Y ahí se pudrió todo.

A través de un compañero de menor grado, lo trasladaron a una casa de Estación Central. Era el hogar de Juan Carvajal, entonces periodista del Fortín Mapocho, quien ese mismo día le avisó a sus contactos en el gobierno, todos con llegada directa a La Oficina. En la Cárcel Pública, Cuatro recuerda que al principio todo fue alegría. Minutos después llegó la otra noticia: cinco uniformados muertos, tres lautarinos heridos, una de gravedad. Notó que el trato de los gendarmes cambió al instante. «Los que nos estaban custodiando eran amigos de los que murieron. Seguro fueron a la escuela juntos, conocían a las familias. Son como nosotros, pero están del otro lado», dice.

Después de una partida de naipes, los carceleros los mandaron a sus celdas. En ese breve trayecto, un integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez con el que había estado conversando le dijo unas palabras que no olvidó nunca.

Hoy es un buen día para morir.

La Cárcel Pública miraba directo al cuartel de Investigaciones, en General Mackenna. Cuando cayó la noche, Cuatro escuchó salir de allí más sirenas de las que cabían en la calle. En su cabeza, Ariel ya estaba fuera de Chile. Nunca imaginó que esas sirenas iban por él.

La madrugada del 16 de noviembre, más de cuarenta efectivos de Investigaciones coparon la Villa Japón, en Estación Central, y rodearon la casa H del pasaje 5. Ariel estaba en la boca del lobo. Según la versión oficial, alcanzó a disparar un revólver .38, pero su resistencia fue inútil. No lo detuvieron con vida. Algunos lautarinos creen que se defendió; otros, que simplemente no tuvo cómo. Tal vez se quedó sin balas. A lo mejor se rindió. Lo cierto es que, de un tiro en la frente a menos de un metro de distancia, Antonioletti fue ejecutado.

Esa misma mañana, en la Cárcel Pública, un compañero despertó a Cuatro con una frase que lo quebró: «Mataron al Ariel». Quedó inmóvil. Se conocían desde niños. Había visto todos sus rostros detrás de esos ojos celestes: la alegría, el humor negro, la exigencia feroz, la inteligencia, esa inseguridad que lo hacía medirse siempre contra el mundo. «Confundido, intenté dormitar y en un sueño se me apareció. Me dijo: “no le creas, yo no estoy muerto”. No sé… capaz que no haya sido un sueño, sino un deseo», dice Cuatro, entre lágrimas.

Ariel Antonioletti tenía veintiún años. Lo mataron sin que supiera que su pareja estaba esperando un hijo suyo.

Muchos años después, Marcela escribió: Nos abrazamos llorando a mares, / qué importaba que los demás miraran, / qué importaba si no entendían lo que pasaba, / sólo importaba que en nuestro lugar secreto / donde discutíamos clandestinos / el futuro de la patria y nuestros propios destinos, / el dolor se había instalado para siempre / en aquellos cinco corazones y en el mío / que sentados sobre la húmeda hierba de nuestro cerro / amargamente llorábamos un sexto puesto vacío.

***

El Gobierno de Patricio Aylwin la utilizó para dejar su mensaje: Marcela Rodríguez, la enemiga pública número uno de la democracia, era su trofeo.

La castigaron antes de juzgarla. Parapléjica, la encerraron en una sala sin ventilación, con las ventanas tapiadas con ladrillos, perdida dentro del hospital de la Penitenciaría. Vivía bajo custodia permanente. Los gendarmes temían un rescate, pero usaron ese miedo en su contra. Le repetían que si sus compañeros llegaban por ella no sería para salvarla, sino para matarla.

«Cuando me despertaban me ponían una metralleta en la cabeza y riéndose empezaban a decirse entre ellos que se les iba a escapar un tiro», diría Marcela, en una entrevista con la periodista Victoria Aldunate.

Un par de semanas después, alguien se atrevió a decírselo: Ariel estaba muerto. Su familia recuerda que se hundió de inmediato, como si le hubieran apagado la luz por dentro.

Gráfica x Aline Campos

Los primeros dos meses la deterioraron aún más. Estaba incomunicada y los cuidados eran casi inexistentes. Un reporte de ingreso a la UTI de la Posta Central, en enero de 1991, registró que llegó con una septicemia generalizada, escaras profundas, anemia, tromboflebitis e infección urinaria. Hasta entonces, nadie la había aseado en demasiado tiempo.

La desesperación fue tal que su familia y organizaciones de derechos humanos se tomaron la sede de la Cruz Roja. La presión funcionó y las instituciones cedieron.

El 24 de enero de 1991, en un operativo desmedido, casi teatral, furgones, motos, sirenas y un helicóptero escoltaron a la ambulancia que la llevó al hospital de infecciosos Lucio Córdova. Era la primera vez que Chile la veía así.

Cuando abrieron la puerta del vehículo, apareció sentada en una silla de ruedas. El cuerpo rígido, los ojos maquillados en un tono púrpura que le enmarcaba la mirada. Dos gendarmes la afirmaban por los costados. Ella levantó la cabeza. Miró el cerco policial, las cámaras, las armas apuntando a ninguna parte. No dijo nada. Apenas esbozó una sonrisa breve, casi irónica, como si entendiera la escena mejor que todos los que la rodeaban.

Permaneció allí cuatro meses, hasta que la presión de distintos organismos logró sacarla. Las llamadas leyes Cumplido facilitaron la entrega de libertad condicional. Para descomprimir el ambiente tenso generado en torno a la prisión política, esto le permitió al gobierno presentar la liberación de Marcela como un gesto compasivo, sin asumir responsabilidad política.

Como ya no tenía relación con su primer esposo, se instaló en la casa de Rebeca, su hermana mayor. Aun así, la obligaron a firmar cada mes en la fiscalía militar. Una prueba de que el Estado debía asegurarse de que una mujer en silla de ruedas no se fugara.

En 1996, asistió al lanzamiento del libro La libertad de Pérez, de Alejandro Lavquén. Entró tarde, abriendo paso con su silla entre las filas. Bastó que la reconocieran para que el salón le diera un aplauso cerrado. Ya no era la figura demonizada de los primeros años de la transición, sino la mujer que se negó a bajar las armas cuando Chile firmó la paz.

Esa noche conoció a Julio, director de la editorial. «Nadie creía la edad que tenía. Con todos los años presa, con todas las operaciones y los años en su silla, era una mujer increíblemente hermosa», recuerda. Le regaló el libro y empezaron a hablar por teléfono casi a diario, hasta que Marcela lo invitó a tomar once a la casa de su hermana. Le mostró un álbum de fotos y reconstruyó escenas de su vida. Era ella más allá de la Mujer Metralleta.

No volvieron a separarse.

En el año 1998, Marcela regresó al Hospital Lucio Córdova para esperar su condena. La instalaron en el cuarto piso, rodeada de gendarmes armados. Cada tres horas una enfermera debía introducirle una sonda por el ombligo para vaciar su vejiga. Hasta ese momento acumulaba más de veinte operaciones, pero su estado era cada vez peor. «Estos tipos fueron especialmente crueles. A esa altura estaban esperando que Marcela se muriera no más. De la dictadura me lo espero porque los tipos son tu enemigo, pero de esta gente, que eran tus amigos, no», dice Julio.

Un día, decidió dar una entrevista para la televisión.

—Ese día, en el rescate de Antonioletti, ¿estabas cumpliendo la función de mujer metralleta?—preguntó la periodista.

—No voy a meterme en esa parte—respondió, de brazos cruzados—dicen que maté un carabinero, pero eso no lo han comprobado y no es así.

Lo negó hasta el final. No sólo para protegerse, sino que para proteger a los suyos. Fue leal con los lautarinos hasta su último día en Chile.

Los tribunales militares la condenaron como si la dictadura siguiera vigente. Diez años y un día por cada causa. Veinte años en total, dictados por jueces uniformados. Cuando llegó el Jubileo —un perdón impulsado por la Iglesia para reemplazar penas de cárcel en casos de enfermedad grave e incurable—, Marcela cumplía todos los requisitos.

El suyo fue el único delito terrorista que recibió el beneficio. La Iglesia ofrecía un país de acogida; el Estado chileno se lavaba las manos; la Concertación retiraba del escenario a una figura incómoda. En el expediente, la palabra final fue fría y quirúrgica: extrañamiento.

Expulsión. Exilio. Una mujer desterrada por la democracia para proteger su propio relato de paz.

La escena final de esa década ocurrió en el aeropuerto. Con la neblina tragándose la madrugada, la policía los escoltó hasta el embarque. Marcela iba en su silla de ruedas, Julio la empujaba. Los rodeaba un cordón de funcionarios mudos, severos, como si trasladaran un artefacto peligroso. Solo uno habló:

—Yo que ustedes no volvería a Chile.

Eso fue todo.

Yo sabía que así terminaría / se los dije tantas veces y nadie me creyó / «ya verás que todo cambia» me decían, / «todo será como lo soñaba yo». / Mas yo sabía que esto no sucedería / cuando se empieza ya no se vuelve atrás, / no supieron proteger mi joven vida. / Se cierra el caso señores de la injusticia / este femicidio es sólo uno más.

***

Cuando llegó a Italia, Marcela llevaba un tiempo escribiendo . Julio la había empujado: poner en palabras sus emociones y abandonaros le haría bien, decía. «Redactó su primer poema después de una fiesta en casa de su familia. Me lo mostró cuando desperté y me parecía hermoso. Tenía una capacidad increíble, lo metía todo. El corazón, el alma, el espíritu», recuerda.

Escribía para no ahogarse. En Temores anotó: Cuando cansina va llegando la aurora / cuando la noche aún no termina / los fantasmas de antaño se animan / volver a mis sueños ahora.

Se habían casado cinco meses antes de subirse al avión del extrañamiento. Firma, testigos, fotos. La madrina fue Gladys Marín. Años atrás, en plena transición, ella y otras mujeres habían instalado frente a La Moneda una silla de ruedas vacía, cercada por una malla metálica, exigiendo la libertad de Marcela.

Llegaron a Abbiategrasso, a las afueras de Milán. Apenas aterrizaron, Marcela fue internada en la unidad espinal del hospital de Niguarda. Julio mostró la carpeta médica a los doctores. Cada página levantó la misma reacción de incredulidad. Había procedimientos hechos demasiado tarde, otros nunca realizados y decisiones que nadie en esa sala supo explicar.

Allá la vida corría a otro ritmo, lejos de los días de insurgencia. Marcela hacía cazuela de pollo para las fiestas patrias, se reía a carcajadas con Bombo Fica y veía Grease o Amor sin barreras como si siempre fuera la primera vez. Marcela nunca se sintió escritora, pero terminó publicando cinco libros, dos de ellos traducidos. En uno escribió: Mirando a la lejanía en lejanas tierras / cuando el día aún no termina / los recuerdos que tengo se anidan / en mi corazón que de nostalgia muere / evocando momentos de alegría, / de profundos sentimientos albergados, / de terribles experiencias compartidas / bajo un régimen de botas asesinas.

Con los años, el cuerpo empezó a pasar la cuenta. Más operaciones, menos sensibilidad. La bala alojada en su columna se deformó con el tiempo, como un metal fatigado. La voz, en cambio, seguía firme. En sus últimas entrevistas ya no hablaba desde el mito, sino desde la experiencia de quien ha visto demasiado.

En 2014, para el programa Sin Retorno, lo dijo sin temblar: «Cuando me dicen terrorista, a mí no me da nada, mejor para mí; si me dicen que soy subversiva, bueno, soy y fui subversiva, porque no me gusta este sistema».

Reconoció errores: decisiones mal calculadas, costos que nunca midieron. Pero jamás renegó de su camino. Lo único que lamentaba era la vida que le arrebataron antes de que pudiera vivirla. 

Julio lo resume así: «Pueden pensar lo que quieran de ella. Que fue una delincuente o una heroína. Yo me quedo con la parte humana. Estoy convencido de que ella tenía razón. Pero el precio que le hicieron pagar fue brutal».

Cuando estalló la revuelta en octubre de 2019, celebraron desde lejos. Les dolía no estar en Chile, pero sentían que algo, por fin, se movía. Marcela siguió cada noticia. Le indignaron las mutilaciones oculares. El caso de Gustavo Gatica la golpeó de inmediato: otro cuerpo joven roto por una bala del Estado. Una escena que conocía demasiado bien. Desde la distancia, le escribió: Álzate amado mío, toma mi mano y recomencemos, / no estamos solos, son millones los que siguen en pie, / los de la primera línea, los que han tomado tu lugar, / toma mi mano, álzate y comencemos nuevamente a caminar.

Para entonces, el cuerpo ya no respondía. Desde 2020 encadenó pulmonías una tras otra. Hospital, alta, hospital de nuevo. Vivía entre mascarillas de oxígeno. Aun así, quería volver a Chile por quienes aún la esperaban. Había pasado toda una vida lejos, y ese deseo, al fin, le ganó al miedo. Sus cercanos organizaron una colecta para costear un pasaje en una cabina donde pudiera ir semiacostada. Armaron las maletas, pero el día antes de volar, Italia cerró sus fronteras por la pandemia. El vuelo se canceló y, con él, la última posibilidad de volver. Ese regreso nunca llegó.

Su hermana menor, Susana, viajó a Italia en 2025 para pasar con ella las fiestas patrias. A los pocos días, Marcela volvió a quedarse sin aire y la internaron. En la pieza, las dos escucharon en un celular las canciones de su infancia: cuecas, folclore y tangos. Marcela apenas podía mover los brazos, pero cuando sonaba un estribillo conocido levantaba los dedos y marcaba el ritmo sobre la sábana, blanca como su cabello encanecido.

Susana la veía toser hasta quedarse sin fuerzas. Le acomodaba la mascarilla plástica, le hablaba al oído para que no se quedara dormida del todo. Mientras el otoño italiano avanzaba, cada tarde era más corta que la anterior.

Una mañana, el pulmón izquierdo dejó de trabajar. El derecho lo siguió al poco tiempo. Después vinieron los riñones. El colapso fue general. Luego el silencio.

Marcela Rodríguez falleció un sábado. Un día antes de la conmemoración número treinta y siete del plebiscito que marcó el fin de la dictadura de Augusto Pinochet. Ocurrió en un hospital italiano, lejos de Villa Sur, lejos del Sótero del Río, lejos del Lucio Córdova. A su lado estaba Julio, que le dedicó casi tres décadas de su vida. Dice que no fue un deber ni una promesa. Fue simplemente acompañarla hasta el final.

Al funeral llegaron cerca de cien personas. Vecinos, amigos, artistas, autoridades de la ciudad. Hubo rosas. Sonó Gracias a la vida, impresa en español e italiano para que nadie se quedara afuera de esa gratitud.

Julio permitió todos los gestos, menos uno: no hubo banderas.

Marcela Rodríguez Mujer Metralleta

Para los italianos, Marcela era una poeta. La mujer que presidía una asociación literaria, que organizaba lecturas y talleres, que hablaba de autonomía, dignidad y de los pueblos que resisten. No conocían el peso del apodo que la seguía en Chile. Entonces a Susana le tocó hablar. Con una traductora acompañándola, miró a la sala y les contó quién había sido esa misma mujer al otro lado del mundo: La hija del obrero que llevaba libros los domingos. La combatiente que tomó las armas contra la dictadura y no las bajó cuando llegó la transición. La presa política exhibida como botín. La exiliada que pagó con su cuerpo el precio de no ajustarse al guion oficial.

Los que quedan del MAPU y el Lautaro publicaron obituarios. Tres dice estar convencido de que «a Marcela le hubiese gustado que cuando se hable de ella, se sepa que eran más las mujeres que tomaron las armas, que ella no era la única». Dos agrega que ella encarnaba a muchas «minas potentes, protagonistas. Éramos varias. Todas ellas eran también la Mujer Metralleta».

En Chile, en cambio, la noticia pasó casi de largo. Ningún político de la transición dijo su nombre. Recibió una que otra breve mención en notas copiadas entre sí. Las redacciones reprodujeron el apodo sin revisar una sola línea de su historia.

Al día siguiente ya no quedaba nada sobre ella.

Entonces escucho las voces de aquellos que recuerdo, / de aquellos que ya no están porque otros así lo quisieron, / que me hablan desde un lugar lejano y bello y que me dicen: / Sé fuerte, no desmayes, aunque duela o te canses, / que el amor de los que realmente te aman, te sostenga.

El viernes 10 de octubre de 2025, el periódico italiano Settegiorni llevó en la portada el rostro de Marcela Rodríguez. «Adiós, poeta revolucionaria», tituló.

La despedían desde lejos, al fin la nombraban completa.