Cada tarde, migrantes de distintos países latinoamericanos transforman el Parque Almagro, en Santiago, en una cancha donde el deporte se vuelve refugio. Esta crónica realza sus voces y cuenta una historia que se ha hecho colectiva entre identidad, apuestas y resistencia frente al desarraigo en Chile en el que hoy viven, según cifras del Servicio Nacional de Migraciones, más de un millón y medio de personas extranjeras.
x Michel Rodríguez
Aún no son las 18:00 horas en el Parque Almagro, y una escena se repite con la precisión de un ritual: un grupo de migrantes se disponen a jugar voleibol hasta entrada la madrugada. Algunos llegan en bicicletas hasta el centro de Santiago y, otros tantos, a pie, con mochilas al hombro, balones asomados, botellas de agua y sonrisas que rompen la distancia. Se saludan con abrazos fuertes, palmadas en la espalda y besos en la mejilla, como una familia reunida que no se ve hace años.
—¡Qué tal, parce! ¡Hermano, ¿cómo estás?!—, se escucha decir
No hay presentaciones formales. Su encuentro es diario, inquebrantable ante cualquier lluvia, trueno o calor agobiante. Mantienen activo un grupo de WhatsApp con más de 40 integrantes: ahí confirman su asistencia, comparten fotos de partidos anteriores, memes deportivos y recordatorios de la cita posterior a las 17:00 horas. Es un pacto silencioso que transforma un parque común en un territorio propio, un pedazo de patria reclamado con sudor y risas.
La rutina comienza siempre igual, precisa como el tic-tac de un reloj que mide no el tiempo, sino la lealtad al grupo. Diana Cruzado, 40 años, peruana de tez trigueña, ojos rasgados y una sonrisa que ilumina su rostro marcado por el sol, lleva dieciséis años jugando aquí. La acompaña Dyron Moreno, un joven de 17 años, que solo hace tres meses y medio se ha unido al grupo. Juntos sacan la red de voleibol de una bolsa reutilizable azul con diseño de ballenas, de esas que se usan para ir al mercado. Con paciencia y cuidado, la estiran colgándola y atándola fuerte entre dos árboles, que parecen haber sido plantados uno al lado del otro solo para sostener ese destino: el de ser soporte literal y simbólico de una red humana de migrantes que se teje hace casi dos décadas.
Diana ata los nudos con maestría y Dyron, con manos nerviosas, pero entusiastas, ajusta la tensión para que quede perfecta. No hay imprecisiones: mientras instalan la red, otro integrante despliega lanas rojas o verdes que marcan la cancha, convirtiéndola en la réplica casi perfecta de una oficial, con líneas que delimitan zonas de ataque, defensa y saque.
En esta escena cotidiana, Cruzado toma naturalmente la responsabilidad de organizar el juego, con su voz firme pero cálida, corta el aire diciendo:
—¿Cuánto apostamos? ¿Luca? (mil pesos chilenos) Ya, Dyron y Ximena conmigo, empecemos—.
Ximena Cruzado, la hija de 16 años de Diana, es chilena de nacimiento, pero peruana de corazón, y también la menor del grupo con 4 años jugando. Se recoge el cabello con una de las ligas que teje su mamá para vender. Sus ojos brillan con una mezcla de adolescencia y pasión deportiva, mientras Dyron se ata los zapatos antes de iniciar, listo para saltar. Así, con apuestas iniciales de mil pesos, ganando confianza y consolidando equipos para decidir si aumentar la apuesta en el siguiente juego. La dinámica no es por dinero, es un símbolo que eleva cada punto en el marcador.
Estas pequeñas canchas improvisadas cobran aún mayor relevancia en Santiago, donde, según datos del Servicio Nacional de Migraciones (SERMIG), de 2025, más de 1,5 millones de personas extranjeras residen actualmente en el país, es decir, un 8,3% de la población total. Según el Censo 2024, la Región Metropolitana concentra la mayor parte de esa cifra con 964.835 personas. Esto representa un aumento del 98,3% desde 2017 con migrantes provenientes principalmente de países vecinos como Perú y Venezuela. En este contexto, espacios públicos como el Parque Almagro se vuelven esenciales para la integración y el bienestar de estas comunidades migrantes.
Se cambian zapatos y poleras bajo el sol que se esconde. Las chicas recogen sus cabellos, buscan gafas y hasta gorras para cubrir sus rostros del sol. Son seis personas por equipo, mixto por tradición. Acá entra quien llega, sin formalidades:
—¿Quieres jugar? ¡Pasa, hermano!—.
Algunos ríen despreocupados disfrutando; otros, como Diego Alexander Loloy, veterano peruano con más de 15 años jugando en el parque Almagro, se toma en serio cada partida. Frunce el ceño por errores, un saque mal hecho o un tiro sin cubrir, y grita:
—¡No, así no, concéntrense!—.
—¡Ay, ay, ayyyy!— gritan los demás, entre risas nerviosas cuando el balón roza la red o un remate potente levanta polvo.
Niños, hijos y nietos de jugadores, esperan pacientes a un costado de la cancha sentados en cajas de cartón, entretenidos con sus celulares o dibujando en la tierra con palos, mientras los más grandes juegan, turnándose para no sufrir con el fuerte sol que pinta sombras largas en la cancha.
El marcador es poesía callejera: usan ganchos de ropa, rojizos, un poco desgastados, que cuelgan a una orilla de la malla. Estos se encargan de contar los puntos que anota cada equipo. Algunos números están marcados en la misma red de la cancha con un marcador rojo: uno, trece, quince, veinticinco y treinta puntos, este último el tope máximo. No hay apps ni cronómetros, basta la palabra y la confianza en el encargado de mover los ganchos.
Flor Valladares, peruana de cabello canoso, juega todos los días con su familia, hijos, hijas y nietos, y observa desde la banda:
—Aquí no solo jugamos, compartimos vida—.
Su presencia diaria transmite continuidad generacional, como un relevo donde padres enseñan los saques a hijos.
Diana, secándose el sudor, confiesa entre risas.
—Uno llora por la familia… pero aquí encontré diversión, me hace sentir joven—.
Flor asiente y añade:
—Nos une (el juego) terminamos construyendo un mundo propio aquí—.
El estudio “Actividad física y deporte en la población migrante en Chile”, realizado por los sociólogos Cristóbal Feller, Pablo Alvarado, Cristián Doña e Iñigo García, en 2018, señala que la actividad física y el deporte son fundamentales en la construcción de redes sociales que fortalecen la identidad y la adaptación de migrantes en Chile. Así, la cancha no es solo un espacio de juego; es un punto de encuentro que desafía la soledad, genera apoyo mutuo y fomenta la convivencia en un contexto urbano complejo.
Amanda Marton, periodista brasileña-chilena experta en migraciones (Red USACH), llama a esto “tácticas de supervivencia” ante el “duelo migratorio”: expectativas frustradas al llegar, nostalgia por lo dejado atrás, que pesa como una mochila invisible.
—Encontrarse con quienes comparten chistes, un bagaje cultural común, crea círculos de confianza más allá de los chilenos—dice.
Son “oasis protectores” en un Chile con políticas punitivistas, sin áreas específicas en el Ministerio del Deporte para migrantes. Alejandro Guillier, sociólogo, periodista y político chileno, refuerza que “Chile no cuenta con leyes ni proyectos de ley que apoyen significativamente el deporte comunitario, y mucho menos el voleibol específicamente”.
A esto se suma una resistencia cultural:
—Los chilenos son reacios a la comunidad migratoria por temas de conservación de identidad—comenta el periodista.
Una encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), de 2024, reveló que el 74% de los chilenos tiene una percepción negativa de los migrantes recientes, lo que genera barreras invisibles en espacios compartidos. Sin embargo, prácticas como el voleibol mixto en parques públicos desafían esta dinámica, creando puentes donde las identidades se entrelazan en lugar de confrontarse.
Guillier deja flotando en el aire una verdad incómoda que resuena en la cancha misma: la falta de apoyo estatal no detiene el pulso del juego.
En el verano, entrada la noche, los partidos arden: saques, remates que levantan polvo. Diego grita indicaciones precisas desde su posición en la red, en la parte delantera, como rematador.
—¡Cubre el centro, José, no dejes pasar!—.
Lo escucha José Joaquín Osan, venezolano de 38 años con 4 años en el grupo, que le responde con remates feroces. La emoción sube en la cancha y las apuestas escalan con intensidad: de una a 15 lucas.
El juego transforma un parque público en estadio íntimo y épico. Choques de manos húmedas, termos de agua o mate pasando de mano en mano, no solo compartiendo el líquido refrescante sino construyendo una confianza ganada punto a punto, set a set. Es en estos momentos donde la cancha revela su verdadero poder.
La psicóloga Sandra Perea Puentes define el duelo migratorio como “nostalgia por lo que se dejó atrás, frustración por expectativas no cumplidas y una adaptación emocional a un nuevo entorno, la sensación de no pertenecer completamente ni al país de origen ni al de destino”.
Explica que el voleibol grupal ayuda porque “obliga a interactuar, compartir objetivos comunes y colaborar como equipo”.
—Esto crea nuevos vínculos sociales clave para disminuir la soledad, construir una red de apoyo y sentir que perteneces a un grupo en el nuevo país— asegura.
El sol ya se esconde tras los edificios del centro de Santiago, tiñendo la tierra rojiza del parque con tonos anaranjados que alargan las sombras de los jugadores como dedos estirados hacia el final del día.
Los partidos alcanzan su clímax natural: saques con fuerza y gritos que cortan el aire fresco de la tarde, remates potentes que levantan pequeñas nubes de polvo como si fueran erupciones volcánicas en miniatura, bloqueos que provocan rugidos colectivos.
—¡Bien jugado! ¡Síguele, síguele!—.
El sol se despide por completo y el ritual entra en su fase de cierre, tan meticuloso como el armado inicial. Diana desata los últimos nudos de la red con la maestría de sus 16 años de experiencia, como quien libera memorias del día para guardarlas hasta mañana. Dyron enrolla las lanas rojas y verdes con el cuidado de un novato que ya se siente parte, metiéndolas en la bolsa azul con diseño de ballenas.
—Mañana mismo horario, ¿ok?—se despiden con abrazos fuertes, palmadas y promesas que vibrarán en el grupo de WhatsApp.
Con mochilas al hombro, caminan en grupos hacia las micros iluminadas del centro santiaguino. Risas resonando en la penumbra del barrio, niños durmiendo agotados en brazos de los padres, adultos cargando una energía renovada que promete sostenerlos en las jornadas de trabajo que vendrán.
La cancha queda en silencio a la espera de un nuevo día. A pesar de las dificultades y las barreras, este grupo sigue unido desde hace 18 años. Mañana todo se repetirá: el WhatsApp a las 16:30 horas con un “¡Ya voy!”, Diana dirigirá el armado de la red, Ximena saltará para rematar, Dyron servirá con ganas, y Flor traerá empanadas para después. No hay trofeos ni medallas; aquí ganan un hogar compartido, punto a punto, con la red sostenida por las manos de peruanos, venezolanos, colombianos, madres e hijos.
*Esta crónica fue escrita durante el segundo semestre de 2025 en la asignatura Periodismo Digital, de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Santiago de Chile. Su autora fue parte del programa de intercambio estudiantil de la misma Escuela.