periodista y paseadore de perros

PERIODISTA, PASEADORE DE PERROS Y CONSERJE:

UNA CRÓNICA SOBRE TRABAJO Y DESEO

¿Cuánto tiempo de trabajo cuesta descubrir nuestro propósito? Une periodista no binarie reflexiona, en esta crónica finalista del Premio Nuevas Plumas 2025, sobre su oficio y sobre soñar con escribir, mientras busca formas de hacer dinero en un país en que el desempleo crece y las carreras profesionales demuestran no ser siempre el paso previo a la satisfacción laboral. 

x Maritza Peña Delgado

Hoy tuve algunos pensamientos. No son nuevos, cercane a los 30 años pienso en cómo las decisiones que he tomado me han alejado de lo que creí que sería mi vida.

Mientras aprovecho una tranquila mañana en redes sociales, sentade tras el recibidor en mi trabajo como conserje, leo que está abierta una nueva convocatoria para un concurso de escritura periodística. Una pequeña luz de esperanza se prende en mi cabeza.

Le doy un trago a mi café ácido y pienso: ¿de qué podría escribir? Entre pensamientos catastróficos y jornadas laborales interminables, esta parece ser la oportunidad que necesito para salir de la página en blanco y empezar a teclear.

He estado a punto de encontrar un trabajo como periodista que llene mi corazón y mi bolsillo, pero al contrario, he dado con empleos que me alejan de mi deseo y me entregan un poco de dinero, el suficiente para pagar un arriendo en Santiago Centro. Para alguien que ingresó a estudiar periodismo con el sueño de escribir, la oferta laboral está resultando, por lo menos, decepcionante. 

Hace poco dejé mi trabajo como paseadore de perritos y mi hallazgo más reciente es de conserje en un edificio cercano al metro Santa Isabel. Son las ocho de la mañana de un día domingo y algunos habitantes del edificio salen a trabajar.

Quienes residen aquí son en su mayoría personas de Venezuela y Colombia, pero también las hay de Brasil, Filipinas, Bolivia, Perú, Ecuador y Argentina.

Buenos días dicen, buenas respondo. 

Mi compañera se llama Kimberly, es venezolana, tiene la misma edad que yo, 28 años, y tiene cuatro meses de embarazo. Me pregunta:

—Y tú, ¿cuántos años has durado en un trabajo?

—Casi dos años —respondo.

—Porque aquí han pasado varios chilenos y no han durado.

Pienso en eso. ¿Seré capaz de durar en un trabajo con turnos de 12 horas los sábados y domingos, cuando lo que quiero es estar en la calle o acostade con mi gatito, mientras lamento mi miseria? Me respondo que sí, que sí voy a durar, al menos hasta que aparezca algo mejor. ¿Preferiría estar en mi cama un domingo a las 8 de la mañana? No, no es tan bueno, no es tan bueno, me digo.

periodista y paseadore de perros

Mi amigo Otto me dijo hace unos días:

—El viaje de mi casa al trabajo debería durar 30 minutos, pero por el taco me demoro 2 horas, es horrible. Siento cómo se escapa la juventud de mi cuerpo en esa micro.

También lo siento tras este recibidor. Un día más aquí, un día menos, ¿en dónde? Ni siquiera tengo tan claro dónde quiero estar.

En mi última sesión de terapia le dije a mi psicoanalista que nunca había deseado tanto tener dinero. Tampoco había deseado tanto dejar de fumar, pero eso ya es otra historia.

Me dijo que así es la necesidad. En otras sesiones también me ha dicho que yo debería estar ganando bien, que como profesional debería esperar por lo menos un millón de pesos. Nunca he visto tanto dinero en mi cuenta, pero la semana pasada fui a consultar cómo va mi deuda universitaria. Debo 7 millones y medio de pesos. Mientras la persona tras el mostrador me invitaba a pensar que lo mejor que podía hacer era pagar esa deuda, porque si no podrían embargarme, yo sentía un leve mareo y a la adultez marcharse por la puerta. La mente es inteligente y se aturde cuando no quiere enfrentar la realidad. Yo la dejo aturdirse más de lo que debería.

Mi terapeuta me invita a pensar en mi propósito, en eso que yo siempre he querido hacer:

—¿Qué es todo eso que está detrás del mandato familiar? ¿De lo que otres han dicho y que de pronto tú tomaste y abrazaste para ti? —dice.

Respondo que no lo sé.

—¿Qué fue lo último que te compraste para ti? 

Respondo que no lo sé.

¿Qué fue lo último que disfrutaste hacer? 

Me río y le digo que escribir.—

Mi terapeuta dice que para deprimirse hay que tener plata. Afortunade yo, que tras una crisis de salud mental de dos meses llamé a mi madre para decirle: mamá, necesito ayuda, creo que
mi pena es grave.

Lo que hubiese querido decirle es mamá, pienso más en morir que en vivir. A veces deseo no despertar, o desvivirme como dicen les chiquis más jóvenes, y que a veces –siempre– me siento ad portas de un envejecimiento solitario y precoz.

Bendecide soy por tener una madre profesional y bondadosa. Pero sucede que ya no quiero ser le hije que necesita ayuda. Así que aquí estoy, utilizando cada célula de mi ser para hacer un gran trabajo apretando botones y anotando las patentes de los autos que entran y salen.

Mi parte favorita del trabajo es escribir en los libros de actas. La otra, son las rondas: dos veces al día tenemos que recorrer el edificio de 21 pisos de arriba abajo. Pongo a Bad Bunny y canto su último disco durante los 40 minutos que dura mi recorrido.

No me fascina la hipervigilancia, me pierdo sin falta el vivir en un departamento con conserjes y cámaras. Muy cómodo será recibir los envíos de Uber Eats en la puerta de mi hogar, pero yo eso no lo conozco, no tengo dinero para pedir comida a domicilio.

Lo que para mí podría ser un paso antes de esa futura alegría y ese trabajo que llenará mi bolsillo y mi corazón, no es lo mismo para mi compañera. Kimberly se sienta junto a mí, mientras hablamos sobre su guaguita. No tiene una madre que la acompañe y le pague la terapia, al revés, ella apoya a su madre a la distancia. Le pregunto si le gusta ir al parque, a mí me gusta mucho. Ella responde que no tiene tiempo para ir al parque.

A este trabajo llegué por mi amiga Ysley. Vivimos juntes en una casa en Barrio República durante 5 años. Hace unos meses conté cuántas personas habrán habitado ese espacio al mismo tiempo que yo. Más de 30 personas. No éramos pocos y estábamos locos. Muches son mis amigues hasta hoy, como Ysley. Ella llegó en 2018 desde Venezuela junto a su hijo.

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Hace un tiempo, en la cocina de nuestra casa en la calle Claudio Gay, la casa que irónicamente me sacó del closet –todo está ahí mucho antes de une pueda verlo–, Ysley me dijo:

¿Qué pasa con los chilenos que se esfuerzan tan poco? ¿No tienen deseo de salir adelante? Se quedan ahí, estancados.

No voy a negarlo, esa frase me dolió. Une nunca quiere reconocerse en el estancamiento, pero sus palabras tenían bastante de realidad. Llevaba años convenciéndome de que estaba haciendo las cosas bien, nada más lejos de la verdad. Ahora lo veo y no hay retorno.

Kimberly también me habló de eso. Me dijo:

—¿Qué pasa con los chilenos que llegan enojados a trabajar? ¿Que no les gusta nada, responden mal y no duran en los trabajos?

Yo no tengo respuesta. Pienso que estamos tristes, se desprende de nosotres cierta amargura. Desde ese día, cambio de rostro llegando a la esquina del edificio, me disfrazo de alegría y optimismo. No quiero que piense que soy como esos chilenos pesimistas estancados, sin propósito. Pero lo soy, y la verdad es que desde que llegué que me quiero ir de aquí.

PASEADORE DE PERRITOS POR LOS BARRIOS MÁS ACOMODADOS DE LA CAPITAL

Asocio mi trabajo de paseadore con Perri, un perrito abandonado en la Plaza Brasil.

Lo acogí en mi nuevo departamento ubicado cerca de Metro Cumming. Al día siguiente de tomar esta decisión impulsiva y respaldada por mi rumi, me di cuenta de que el camino de la adopción no sería tan fácil. Una semana después, ambes nos quedamos sin trabajo. Luego de cinco meses, cientos de publicaciones en Facebook y dos reels en Instagram, lo logramos. Fuimos a dejar a Perri a la Región de Valparaíso, su nuevo hogar.

Recuerdo la pena que sentí al saber que ya no lo pasearía más, que no volvería a sentirme protegide por su presencia. Deseé no tener un perro, pero sí poder seguir paseando. Y lo conseguí.

Estaba al borde de la desesperación y la pobreza, cuando une amigue me tiró el dato:

¿Te gustaría pasear perritos? Vi que una empresa anda buscando paseadores.

Mandé mi CV y quedé. Mi nueva labor: caminar por las calles de Las Condes, Providencia y Vitacura junto a Jack, Antú y Florencia. Además, se sumó Odín en Santiago Centro, el perrito neurodivergente de mi amigo Valentino.

Un día de paseos escribí esto en las notas de mi celular:

“Camino por un parque de Vitacura, una de las comunas más acomodadas de Chile, frente a mí hay dos puestos de comida, uno lleva un nombre en mapudungun, el otro en francés.

Vitacura, donde todas las realidades se cruzan. Me río y pienso que sí, estoy enojade, pero eso no me impide disfrutar el único privilegio de mi trabajo de semana. Como paseadore de perritos puedo recorrer algunas áreas verdes durante el día y recibir toda la serotonina que me entregan mis compañeros de caminata.

Chupo su energía y su amor como un vampiro.

Cada día realizo entre tres y cuatro paseos, ayer caminé 8 km, otro privilegio, pienso. Al menos no tengo que pagar el gimnasio. Vibro en el deseo de cuidar un poco más de mi cuerpo. Luego de cada paseo me fumo un tabaco, parece que no lo estoy logrando.

Ahora voy en camino a visitar a Jack, el único mestizo que acompaño. Lo menciono porque la dueña de la empresa en la que trabajo me dijo que la gente de acá prefiere los perros de raza y he visto cómo lo miran con desagrado. Yo le digo que es hermoso, que es fuerte y que les ignore. Me gusta pensar que parte de mis responsabilidades de cuidado es reforzar la autoestima de los perritos. En cada paseo les tomo fotos favorecedoras y las envío a sus tutores.

Me paso el torniquete de la micro siempre que puedo. El sueldo no me alcanza para pagar todos mis pasajes y ahora también lo hago para ejercitar mis piernas. Salto como gimnasta. El placer del movimiento es más grande que la vergüenza, las caras de reprobación no pagan mis pasajes, los perritos tampoco.

A veces, mientras disfruto de la caminata, se acercan las sombras del periodismo y la autoexigencia. Me dicen:

—Qué estás haciendo, te estás perdiendo.

Me debato entre el resentimiento y el deseo. Las casas de los perritos son tan grandes, están decoradas con objetos traídos de viajes por el mundo, las camas están hechas y no hay polvo. Pienso que debería alejarme de aquí pronto, antes de que empiece a querer esta vida de persona cuica que no limpia su basura. Antes de solo querer plata, plata y más plata.

Fantaseo con mi futuro mientras escucho a Easykid. Hace un tiempo leí que el escuchar fuerte y sin audífonos en el espacio público es una forma de mostrar la identidad. Hace un tiempo comencé a hacerlo, les canto reguetón a los perritos.

Durante el día veo a mis compañeros de trabajo: conserjes, cuidadoras de infancias y de personas mayores. Les observo
a la distancia mientras pienso,
¿quién nos cuidará a nosotres?

Me dicen “la señorita”, “la niña”, “ella”, y yo les sonrío. No todes tienen el privilegio de pedir que se respeten los pronombres en el espacio laboral.

A veces, cuando alguien se acerca a mí y me pregunta por el nombre del perrito, le cuento que soy su paseadore, otras veces me limito a responder  lo que me preguntan. Me río por dentro cuando creen compartir cierta complicidad conmigo. Pienso que lo único que compartimos es ese momento, observar a dos perritos que se encuentran y las correas en nuestras manos”.

periodista y paseadore de perros

EL PERIODISMO ESTÁ CERCA, EL DINERO NO LO SÉ

Luego de varias decisiones arriesgadas, opté por dejar a los perritos. Borré mis últimas anotaciones de la pizarra de tiza y escribí en primer lugar “periodismo narrativo” y, en segundo lugar, “poesía”.

El martes 7 de mayo se apoderó de mí la planificación. Partí construyendo un plan de comunicación estratégica para una pega pequeña como periodista, organicé las finanzas de ese y el próximo mes, y mi calendario de actividades.

Ganaría 520.000 pesos mensuales. La situación no era tan grave como pensaba y no tendría que volver con los perritos del sector oriente. Para sobrevivir y empezar a construir el camino hacia el periodismo narrativo y, digamos, cumplir mis sueños, solo tendría que trabajar 55 horas semanales.

Según mis cálculos, el próximo mes podría tomar un taller de 30 dólares sobre crónica personal. Un avance importante motivado por la terapia. Anoté en mi nueva lista de actividades secundarias “pedir información y pagar curso”.

Como recomiendan especialistas en sustentabilidad de medios de comunicación, estaba cumpliendo con el objetivo de sustentar mi propia existencia a través de diversas formas de ingreso: conserje, paseadore del perrito de mi amigo y coordinadore de comunicaciones en un fondo de investigación. Me prometí que le haría un lugar a la escritura.

Esa noche me dormí viendo videos de Romina Pistolas en TikTok y soñé que era stripper en Australia.

LA VIDA DE CONSERJE ESTÁ LLENA DE POESÍA

Leo desde temprano, antes de que la gente empiece con sus quehaceres del fin de semana. La elegida de hoy es Esther Margaritas, poeta trans puertovarina. Mi amigo César fue a verme hace algunos días y llevó ese libro bajo el brazo. “Te lo regalo”, me dijo. Por todos esos amores trans que merecen mucho más que amor, leo en su dedicatoria.

El poema titulado “516” me sorprende:

“tengo ganas de bajarme cerca de tu casa abrir la puerta de tu edificio devenir visita y decirle al conserje

que deje esto en tu buzón de papeles”. Sigue una carta y continúa con:

“tengo ganas de devenir visita no decirle mi identidad al conserje amuñar este papel y que pienses

bueno

lo que tengas que pensar

–esta distancia de mierda es aterradora–”

Y pienso que tengo ganas de ser ese conserje, estoy a la espera de recibir una carta y dejarla en el buzón. Ser el mensajero escogido para semejante tarea llena mi corazón de ternura.

Escribo poemas cuando Kimberly sale a colación o va a hacer
la ronda por el edificio. Me hago el tiempo mientras toco el botón de apertura de la puerta principal, contesto llamadas de residentes
y recibo encomiendas.

Uno de ellos, escrito en el block de apuntes que generosamente me han entregado para que no se me pase un encargo, dice:

“Poemas de amor

los escondo antes de que llegue mi compañera

he usado el material de trabajo para mis propios intereses. Espero que no se den cuenta,

pero basta con que miren las cámaras, tienen todo grabado.

Es hora de prender las luces.

Lo que más me gusta de este trabajo es que está lleno de marikas como yo. Hubo un tornado en Puerto Varas por primera vez,

el gato de mi padre está muerto,

me llevé un gato de la suerte que encontré en el shaft de la basura, ahora vive en mi casa junto al otro gato que me encontré en el techo. Los pisos altos me hacen pensar en la muerte.

Ya no me dan tanto miedo las alturas. Miradas,

numerosos pisos de ilusión

¿Tienes una escalera?

¿y una llave?

una tapa para el agua que me desborda tras el mesón. Este edificio está lleno de filtraciones.

El amor, que no está solo en los poemas, parece que reside en mí,

choca con mis paredes blandas. Dedos y botones,

espero el cierre del portón.

Buenas noches, buen turno compañero.”

Por otra parte, no descarto que me llegue un poema como este que leí en la cuenta @estimadosvecinos en Instagram:

Oh, noble artesano del apocalipsis doméstico, arquitecto del insomnio y mártir del estrépito, cuando el mundo duerme, tú creas, con muebles que chillan como almas condenadas”.

Si algo es seguro es que continuarán llegando frases como: “Dígale al malvividor del departamento de arriba que tanto le gusta el karaoke, que pare, hoy es mi día libre y quiero dormir”, o “me dijo que soy un drogadicto, un cocainómano. Por mi madre que yo nunca me he drogado y usted sabe que yo jamás hago un reclamo, pero esa señora me colmó la paciencia, así no se puede vivir”.

Y me tocará responder que es libre de meterse por la nariz lo que le apetezca mientras esté en su departamento, ¿pero faltas de respeto? “Eso sí que no”. ¿Transodio? “No en mi turno”. ¿Karaoke? “Perdóneme, residente, eso no debería estar prohibido el fin de semana, pero consultaré con la administración y le cuento”.

Como cada domingo por la tarde, tomo mis libros, mis hojitas llenas de palabras, la lonchera, lavo la taza y me voy, feliz de haber aguantado otro fin de semana de trabajo. El descanso y mis amistades tendrán que esperar a que lleguen tiempos más solventes.

La poesía y el periodismo no esperarán más, porque como dice otro texto que escribí detrás el mesón:

“Mi trabajo es la observación atenta de quienes transitan frente a mí, como conserje y como periodista. La búsqueda, la historia, la gente, todo eso me parece fascinante. Debo escribir más, lo necesito, como cuando en la infancia escribía mis pensamientos con el dedo sobre cualquier superficie. No podía parar. Ahora ya no quiero parar”.