Al igual que nuestro seguidor Álvaro Flores, más de 1 millón de chilenas y chilenos ejercen el trabajo de cuidado. En esta nueva entrada de #LlegóDM nos escribe sus incertidumbres y aspiraciones mientras se pregunta quién lo cuidará a él en un país que envejece aceleradamente.
x Álvaro Flores
Una tarde de domingo, en uno de esos instantes donde la casa finalmente se aquieta, me hice una pregunta que había evitado por años: ¿quién sostiene al que sostiene?
Tengo 44 años. Cuido a mi abuelo de 101 y a mi madre de 78, con movilidad reducida por una discopatía. Soy hijo único de madre soltera, profesional con postgrado, soltero, sin hijos, homosexual. La ecuación parece resolverse sola: si nadie más puede, entonces me corresponde a mí. Pero esta circunstancia, que podría verse solo como carga, también me ha enseñado sobre la profundidad del vínculo humano y la fortaleza que no sabía que tenía.El peso es real, pero también lo es el privilegio de acompañarlos en esta etapa de sus vidas.Y aunque elegí asumirlo con amor, eso no significa que deba hacerlo en soledad.
Es la constatación de una realidad que atraviesa a 1.194.273 de chilenas y chilenos, según cifra la Política Nacional de Apoyos y Cuidados del presidente Boric. No se trata de autocompasión: el cuidado se sostiene con pensiones bajas, trabajos precarios, escasa seguridad social y redes frágiles. Se sostiene, sobre todo, con la ausencia persistente del Estado y de la sociedad.
En un país que envejece aceleradamente y que ya supera los 80 años de esperanza de vida, seguimos concibiendo el cuidado como un asunto familiar. La lógica es conocida: cuando alguien requiere cuidados permanentes,la familia identifica al “candidato natural” —usualmente quien tiene menos margen para decir que no— y esa vida cambia por completo.
¿Quién cuida en Chile? Mayoritariamente mujeres. Pero también hombres que, por circunstancias particulares —hijo único, soltería, orientación sexual, o incluso cierta precariedad laboral— entran en una aritmética perversa: si no tienes hijos, pareja estable o un empleo fijo, entonces “puedes”. Como si el cuidado fuese un resto, un espacio vacío donde ubicar la vida de quienes, desde afuera, parecen tener menos compromisos.
Las amistades tampoco comprenden del todo el ritmo del cuidado. No es mala voluntad: es la incapacidad de imaginar una vida donde los planes se reprograman constantemente, donde la disponibilidad nunca es plena. Con el tiempo, las invitaciones disminuyen y los vínculos se erosionan sin conflicto explícito, pero con un retiro silencioso que deja al cuidador en un aislamiento progresivo.
Pero el cuidado es trabajo: trabajo no remunerado, no reconocido, sin seguridad social ni descanso asegurado. Y cuando ese trabajo se superpone con otra condición —el desempleo de larga duración— la vulnerabilidad se vuelve estructural. Yo pertenezco a ese grupo.
Cuidar mientras se intenta reingresar al mundo laboral es estar desdoblado. El cuidado exige presencia continua; el mercado exige disponibilidad total. Las entrevistas se dificultan o se pierden, los horarios no calzan, la búsqueda queda interrumpida de forma intermitente. Ese desfase se transforma, más temprano que tarde, en un vacío laboral. Y ese vacío, lejos de ser comprendido, es penalizado.
Los algoritmos de selección lo clasifican como un riesgo. Los reclutadores preguntan por la “brecha”. La reinserción se vuelve esquiva.
Esta intersección aún es una zona ciega de la política pública chilena. El Registro Nacional de Cuidadores no reconoce la interrupción laboral como dimensión de vulnerabilidad. No hay políticas de reinserción específicas, ni incentivos, ni protección social asociada. La figura del cesante profesional cuidador no existe institucionalmente, aunque miles de personas viven esa realidad cada día.
Chile ha anunciado avances: registros, credenciales, proyectos de ley, pilotos de servicios locales. Pero en su conjunto, son insuficientes. El reconocimiento simbólico no resuelve lo esencial: ¿Cómo se garantiza un ingreso digno a quien cuida? ¿Cómo se protege laboralmente a quien debió dejar su empleo? ¿Cómo se reconoce la pausa laboral por cuidado como parte legítima de una biografía profesional? ¿Cómo se asegura salud mental y respiro real para evitar el colapso?
Si no respondemos ahora, seguiremos reproduciendo un modelo donde las familias se quiebran, los cuidadores se agotan y los adultos mayores envejecen sin la dignidad que merecen.
El cuidado es, en última instancia, una cuestión de justicia porque la crisis del cuidado no es individual: es el síntoma de un país que privatizó el envejecimiento, mercantilizó los servicios asociados y delegó la responsabilidad en quienes menos pueden negarse.
Porque todos, en algún momento de nuestra vida, necesitaremos ser cuidados.
Y todos deberíamos poder confiar en que, cuando llegue ese momento, no estaremos solos.