Del fenómeno del Tío René y Sin Filtros al ascenso del presidente electo José Antonio Kast, Berni Cortés Rodríguez analiza #EnEfecto cómo el entretenimiento basado en la humillación construye sentido común. Una reflexión sobre qué dice de una sociedad reírse del sufrimiento ajeno y cómo ese desplazamiento infinito termina dando pistas sobre la democracia que estamos ayudando a construir.
x Berni Cortés Rodríguez
No hace falta votar por la ultraderecha para acostumbrarse a su mirada. A veces basta con reírse, hacer scroll o llamar “entretenimiento” a escena donde la humillación de un otro se vuelve el centro. La ultraderecha no entra siempre por la puerta de La Moneda o del Congreso: muchas veces se cuela por la pantalla del celular, disfrazada de humor, morbo o reality show .
Por eso no sorprende —aunque debería incomodarnos— que el ascenso del presidente ultraconservador José Antonio Kast conviva con absoluta normalidad con el consumo masivo de formatos digitales que hacen de la violencia simbólica un espectáculo. Ambos fenómenos, aunque parezcan pertenecer a mundos distintos, comparten un mismo marco de socialización política: enseñarnos quién importa, quién sobra y, en definitiva, qué cuerpos son sujetos y cuáles objetos.
Poca sorpresa generó, el pasado 14 de diciembre, el triunfo de Kast. Hijo de Michael Martin Kast, soldado afiliado al partido nacionalsocialista alemán que, tras la caída del Tercer Reich, se instaló en nuestro país eludiendo sus responsabilidades como integrante del régimen nazi, su ascenso parece inscribirse en una continuidad histórica que Chile ha preferido mirar con distancia, cuando no con abierta negación.
Tampoco parece causar mayor sobresalto el auge y la creciente popularidad de producciones articuladas bajo la lógica del docureality, impulsadas por Diego González, periodista autodenominado “Capataz de los Reality”. Un clásico hombre hetero cis que, desde su propia lectura del entretenimiento, acumula cientos de miles —cuando no millones— de visualizaciones en redes sociales gracias a producciones como El secreto de la cabaña, que cuenta con más de una versión en YouTube, incluida una edición LGBTIQ+. Este no se trata de un fenómeno aislado: es consumo cultural masivo. Y como todo consumo cultural, produce sentido.
En estas producciones, personajes como “el Loco René” o “Carlitos Run” se configuran, de manera tan rápida como crítica, como referentes de la cultura urbana nacional.
Son figuras llevadas sistemáticamente al límite: se editan sus caídas, se repiten sus errores, se enfatiza su precariedad, se viralizan sus peleas. El espectáculo no está en la convivencia ni en la narrativa, sino en el exceso, la humillación y el desborde. El público ríe, comenta, comparte. La escena se legitima. Cabe preguntarnos qué tipo de sociedad necesita reírse del sufrimiento ajeno para relajarse después de la pega.
La identidad política no se construye solo en el plano afectivo; es también profundamente simbólica. Y en esa construcción, los medios —desde la tele abierta hasta los formatos digitales— no solo informan o entretienen: producen marcos de sentido, delimitan lo decible y normalizan violencias que entran sin mayor resistencia a los hogares chilenos.
Programas como Sin Filtros, presentan la polarización política disfrazada de debate democrático, pero materializada en la humillación y la descalificación pública. El set televisivo se convierte en una suerte de coliseo romano donde los combos verbales —casi gladiatorios— se erigen como la piedra angular del espectáculo. La deliberación cede ante el grito; el argumento, ante el insulto.
El impacto de esta estética es evidente. Una de sus principales “gladiadoras”, Mara Sedini, es ministra vocera del Gobierno de Kast. Su estilo —una verdadera diplomacia del garabato— ha quedado registrado en frases como “¿Quién chucha te crees?” u “oye, ignorante de mierda”. No se trata solo de desbordes individuales, sino de la consolidación de una política donde la agresión performática se transforma en capital simbólico y credencial de autenticidad.
¿Qué tiene que ver todo esto con el avance de las ultraderechas en Chile? En todo lo que importa. En la construcción de un “nosotros” que observa y un “ellos” que es observado. En la naturalización de la desigualdad como algo entretenido y no problemático. En la idea de que hay cuerpos —pobres, disidentes, racializados, hipersexualizados o atravesados por el consumo problemático de sustancias— cuya dignidad es siempre negociable.
Mientras la ultraderecha traduce esta lógica en programa de gobierno, el entretenimiento la vuelve digerible y emocionalmente aceptable. Por eso resulta ingenuo —cuando no cómplice— afirmar que “solo es humor” o que “no hay que ponerse grave”. La risa también educa. El consumo cultural también vota: moldea sensibilidades y entrena nuestra tolerancia frente a la violencia y la explotación del otro. No se trata de simples excesos, sino de una lógica que convierte la desigualdad en contenido y el abuso en entretención. Como diría la gran Katiuska Molotov: “ají pá tu caldo, mamita”. Y en este caso, votos pa’ tu elección, papito.
Ante este escenario, emergen también nuestras propias contradicciones. Desde el progresismo, etiquetas como “facho pobre” ganan terreno al calor de la impotencia por la elección perdida. Pero cabe preguntarnos: ¿cómo estamos respondiendo? ¿Existe una estrategia política real o nos refugiamos en una superioridad moral que reproduce aquello que criticamos? En el afán de no parecer violentos, ¿terminamos ejerciendo otras formas de violencia simbólica que, lejos de frenar el avance ultraderechista, le allanan el campo?
Cuando despotricamos contra el “facho pobre”, ¿no reforzamos estigmas de clase y desconocemos la autonomía política de las personas? ¿Es el pobre el problema? ¿O será que, sin darnos cuenta, entramos en la clásica estrategia ultraconservadora de enfrentar al pobre con el pobre?
Lo que está en juego no es solo una disputa ideológica. Es una pedagogía social que naturaliza la humillación como forma de vínculo y la agresividad como autenticidad. Entre el reality y el panel político no hay un abismo, sino una continuidad cultural que moldea subjetividades y, con ellas, el horizonte democrático posible.
Un país que se acostumbra a reírse de la humillación difícilmente sabrá indignarse cuando esa misma lógica se traduzca en política pública o en forma de gobierno. Y esa, quizás, es la pregunta de fondo: no solo quién gana la elección, sino qué tipo de sensibilidad colectiva estamos cultivando cuando decidimos —entre risas, likes y garabatos— quién merece dignidad y quién no.
*En #EnEfecto caben distintas miradas. Las opiniones publicadas son responsabilidad de quienes las escriben y no necesariamente reflejan la postura de Revista Efecto .