Elena comenzó cosiendo zapatos en Temuco a sus dieciséis años. Jorge heredó el oficio de su padre y ha visto pasar la vida en su taller ubicado entre la calle Arturo Prat con Victoria, en Santiago. Hoy, ambos resisten a la época más dura de una industria que sostuvo familias completas durante décadas, pero que con la llegada del plástico importado y la falta de un recambio generacional, comienza a desaparecer. Elena y Jorge, dos almas históricas del sector, miran el pasado y el presente de un rubro que ahora cuelga de un hilo.
x Ximena González
Por la calle Victoria, afuera de la capilla San Felipe de Jesús, una estructura metálica roja con un zapatero trabajando el cuero, arriba del nombre “Barrio Victoria”, anuncia la entrada al sector de calzado más conocido de Santiago. Desde ahí hasta San Diego, sobreviven apenas dos cuadras de tiendas de cuero nacional. Elena tiene 79 años y Jorge 67. Ambos llegaron hace aproximadamente 40 años a vender ahí.
En esos tiempos el escenario era muy distinto al actual. La calle Victoria se llenaba de gente y, entre locales, ofertas y el olor tan característico a cuero curtido, era fácil perder la noción del tiempo y pasar horas buscando qué comprar. Incluso llegaban personas de todo el país y no se vendían sólo productos ya terminados, sino que se abastecía a gran parte de la industria nacional con materias primas, pegamentos y herramientas.
Jorge Espinoza aún tiene su taller abierto. La “Suelería Don Jorge” ha resistido décadas. Sin embargo, donde antes trabajaban 14 personas, hoy quedan solo cuatro. De la estructura, que antes era de dos pisos y casi media cuadra, ahora funciona una cuarta parte. Abajo está la zapatería “Nicole”, en honor a su nieta mayor, donde se exhiben los zapatos ya terminados con la promesa de durar toda una vida.
Justo en la entrada del local hay un cartel escrito a mano que dice: “Se necesita maestro para reparación de calzado”.
–Ya nadie es zapatero, los jóvenes prefieren trabajar en otras cosas. Tengo uno que viene cuando quiere y así no puedo cumplir con los plazos de entrega. Entonces lo hago yo – explica Jorge.
No sabe hasta cuándo va a ser sostenible seguir así. Y aunque al mes genera alrededor de $2.000.000, al final de cuentas asegura que no le queda mucho para su bolsillo.
–Pierdo mucha plata por todos los sueldos que pago y en comprar el cuero que es caro. Pero también entiende que las nuevas generaciones se quieran dedicar a otras cosas. Sus mismos hijos, por ejemplo.
–Uno trabaja como guardia y habla inglés fluido. Gana más de un millón de pesos trabajando cuatro días y descansando cuatro. El otro es ingeniero ¿Cómo los voy a sacar de eso para meterlos aquí? – dice mientras pega una pieza dorada en el empeine de un zapato negro que le pidió una clienta para un matrimonio.
Habla concentrado, pero sin dejar de trabajar. Se acomoda sus lentes y camina despacio a una de sus tantas máquinas antiguas. Es pequeño de estatura y, si no fuera por su larga barba blanca, costaría calcularle la edad.
– Un detalle siempre hace la diferencia – dice tranquilo. Hablar con zapatos en la mano parece no incomodarlo, es más, lleva toda una vida haciéndolo.
Jorge Espinoza no heredó solo el nombre de su padre, sino que también el negocio familiar. Mientras este hombre era conocido por ser un exitoso empresario, dueño de una suelería que llevaba su nombre, Jorge en las mañanas estudiaba en el Instituto Nacional y en la tardes iba al taller. Así fue creciendo. Hasta que un jueves del año 2010 su padre falleció.
– Un día en la mañana Don Jorge murió sentado en su taller – recuerda Elena, quien ve la suelería desde su local.
Ella tiene 79 años. Antes de hablar de su propia vida, destaca el cariño que le tiene al lugar y a los vendedores más antiguos, quienes ya son parte de la esencia del barrio Victoria.
Elena aprendió el oficio 680 kilómetros más al sur.
– Yo era de Temuco, en esos tiempos no había tantas facilidades para estudiar y el colegio que nos quedaba más cerca era privado. Entonces mi mamá dijo: “No tienes otra cosa que salir a trabajar” – dice levantando su dedo anular derecho imitando a su madre.
Entró a una reparadora de zapatos que recién comenzaba a funcionar. La recomendó un conocido, así es como se consiguen trabajos según ella: por amistades y favores. Una vez adentro la mandaron directo a una máquina de coser.
—No tenía idea de nada. Pero era súper despierta.
En la fábrica aprendió el oficio. Primero las costuras rectas, luego las curvas, después el “aparado”, que es la unión y costura de las piezas que forman el zapato. También aprendió a cerrar cortes siguiendo pequeños puntos marcados en el molde. En cosa de unos años ya trabajaba con una precisión milimétrica destacable.
En esa misma fábrica conoció al hombre con quien se casaría cuatro años después. Los dos eran zapateros. Él cortaba y armaba; ella cosía. Cuando Elena cumplió 20 años decidieron independizarse, empezaron prácticamente desde cero. Fabricaban zapatos infantiles en Temuco mientras criaban tres hijos.
Niños en la alfombra, primeros pasos, llantos y cuero cortado entre medio. Una vida de madre mezclada con la producción; la casa y la fábrica eran una sola cosa.
Durante la Unidad Popular, conseguir materiales era difícil. La mayoría de estos insumos, aunque más caros, circulaban muchas veces por fuera de los medios legales.
Pagaban caro por los materiales en el mercado negro, pero el negocio funcionaba igualmente.
—Los zapatos salían como pan caliente.
Como el emprendimiento familiar iba creciendo cada vez más, tomaron la decisión de venirse con sus máquinas de coser a Santiago. Un 26 de octubre de 1974, el mismo día que la dictadura absorbió vía decreto el control total de los poderes constitucionales y legislativos, llegaron a la calle Roberto Espinoza. Primero vivieron de allegados. Con el tiempo lograron juntar dinero y comprar la casona que estaba enfrente y pertenecía a una familia española. Ese lugar se transformó en su casa y en su fábrica. Otra vez.
Aunque el inicio del comercio en el barrio Victoria fue en 1902, en los años 70 el sector atravesaba por uno de sus mejores momentos. Había suelerías, talleres grandes, curtiembres y fábricas distribuidas por varias cuadras. Por eso, Elena y su esposo decidieron comprar un local en la intersección de Arturo Prat con Victoria, justo al frente de la “Suelería Don Jorge”.
En 1970, el cuero era clave en la economía nacional. Es más, en esa década, Manuel Jiménez, presidente de la Confederación Nacional del Cuero y del Calzado, dejó registro sobre esto en la revista “Unidad y Lucha”, cuyo testimonio se guarda hoy en Archivo Chile.
“En el año 72, fue tal la importancia de este sector que estaba detrás del Cobre y de los Empleados Particulares. La producción en ese tiempo era de 3 pares de calzado per cápita, esto es, si la población de esos años era de 10.000.000, nuestra producción era de 30.000.000 de pares de calzado. Teníamos una capacidad instalada que producía casi al 100%.”, explicó para la revista.
A Elena y a su marido les empezó a ir tan bien que compraron un segundo local en este mismo barrio.
– Él atendía uno y yo el otro. Desde mi local yo lo veía a él. Nos gustaba competir para ver quién vendía más.
De lunes a viernes les iba bien, pero otra cosa era el fin de semana. Solo Elena un día sábado podía vender hasta 40 pares de zapatos.
– Aprendí a tratar a mis clientes. Siempre hay que recibirlos con una sonrisa y ser amable. No me acerco tanto para que no se sientan presionados. Hay que darles su espacio, esa es mi estrategia. Y si se van, no importa, van a volver cuando se den cuenta que mi local tiene los mejores precios.
El descenso comenzó a principios de los años 80, al desempleo y caída del PIB que generó la crisis económica de 1982, se sumó la apertura económica y la llegada masiva de productos importados. El impacto fue inmediato. Cerraron fábricas, desaparecieron talleres y algunos comerciantes se reinventaron.
– Nos fuimos abajo todos – recuerda.
Veinte años después, llegando a los 2000, la situación sólo empeoró. En la entrevista que la revista “Unidad y Lucha” le hizo a Manuel Jímenez, él dice: “cuando empezaron a llegar zapatos de Singapur, se hizo imposible la competencia de la industria nacional. En el año 2001, ingresaron a Chile 29.000.000 pares de zapatos, con un valor de US $6,08 cada uno.
En la lista de los principales proveedores estaban: China con el 71%, Brasil con 7,6% y otros países de Asia con un 7%”.
Esto quiere decir que, un zapato importado costaba alrededor de $3.650 pesos chilenos en esos años, versus uno de producción nacional que podía costar unos $10.000. Esta diferencia perjudicó directamente a los comerciantes, quienes organizaron protestas con banderas negras, ferias e incluso crearon la FEDECCAL F.G. (Federación del Cuero, Calzado y Afines de Chile).
Salían a vender a las calles, viajaban a comunas como La Florida y hacían ventas masivas. Elena cuenta que Joaquín Lavín Infante, alcalde de la comuna de Santiago entre el año 2000 y 2004, organizó una actividad para potenciar las ventas en el sector.
— Aquí nos cerró dos calles para que nos pusiéramos con nuestras cosas y nos hizo propaganda por televisión y radio. Nos fue muy bien.
Pero los buenos días fueron cada vez más escasos. El barrio que durante décadas abasteció de materia prima a los demás sectores, comenzó a vaciarse poco a poco. Según un artículo publicado en la Revista de Urbanismo de la Universidad de Chile el año 2020, el cambio económico también modificó el paisaje urbano del sector.
La desaparición de talleres y fábricas coincidió con la llegada de nuevos comercios y proyectos inmobiliarios que transformaron la apariencia del barrio y redujeron la presencia de la industria que le dio fama durante gran parte del siglo XX.
El otro gran golpe fue en 2020, por la pandemia. Elena recuerda que su zapatería familiar “Danny V.M” estuvo con las cortinas abajo durante alrededor de un año. Al igual que muchos otros rubros, este sufrió las consecuencias del confinamiento. Y, como la mayoría de sus dueños son personas mayores, solo algunos con la ayuda de familiares se pudieron digitalizar.
Hoy, caminar por esas mismas calles significa cruzarse con heladerías, minimarkets y locales de un mall chino que fueron ocupando, uno por uno, los espacios que antes eran talleres. De las varías cuadras que alguna vez estuvieron llenas de suelerías, hoy sobreviven apenas dos. Pero ahí, mirándose de esquina a esquina, siguen Jorge y Elena.
El paso del tiempo se nota en los dos. Pero Elena sigue vistiéndose con ropa colorida y diferente cada día, maquillándose los ojos, pintándose las uñas y los labios de un rojo vivo. A Jorge, en cambio, una de esas máquinas con las que ha trabajado toda su vida le quitó el dedo anular de la mano derecha. Aunque eso no es ningún impedimento para que todos los días suba la cortina de su local.
Ahora sostiene su negocio gracias a los pedidos de calzado que las personas le mandan a hacer. Mientras conversa, una trabajadora le avisa que llegó una clienta. Jorge le toma las medidas de sus pies con una hoja en blanco y un lápiz pasta azul.
– Estarían listos en un mes más– le comenta Jorge.
Antes de confirmar, la clienta insiste en saber el precio primero.
– Normalmente este trabajo sale $150.000 o más, pero yo se lo dejo en $130.000. Me tiene que dejar abonado $50.0000.
Entonces Jorge camina a su escritorio antiguo de madera y comienza a escribir en la boleta. Mariela saca de su cartera el dinero y se lo entrega. Mientras él escribe, ella recorre el local con la mirada. Se detiene en un estante oscuro de madera, lleno de pegamentos y cajas de zapatos. Luego mira hacia la izquierda y ve el único cuadro colgado justo al lado de un reloj café: un certificado de enseñanza media del Instituto Nacional General José Miguel Carrera con el nombre de Jorge Antonio Espinoza Jara.
Ese diploma es, quizás, lo único que se mantiene fijo en una pared que ha visto cambiar todo lo demás. El oficio del cuero, en cambio, ya no se sostiene solo: hoy depende de personas como Jorge y Elena. Esto exige tiempo, paciencia y cuerpo. Horas de pie. Manos dañadas. Capacidad de diseñar, medir, pegar, cortar y resolver problemas constantemente. Y, como repiten Jorge y Elena, ya no da la misma plata que antes.
—Yo me quería retirar este año — cuenta Elena— pero mi hijo me dice que me voy a morir en la casa.
De los tres hijos que tuvo, sólo uno trabaja con ella y tiene 57 años. Es dueño de una zapatería que se fusionó con la de sus padres. Acompaña a Elena todos los días en el local y juntos pasan la mayor parte del tiempo.
El marido de Elena falleció el 2013. Seguir con el negocio se ha transformado en una manera de conmemorar la vida que construyeron juntos. Aunque su marido sigue presente en esa zapatería familiar: muchas de las hormas que él hacía todavía se siguen trabajando.
— La horma no pasa de moda — señala ella mientras levanta una bota de punta fina.
Pueden cambiar los cueros, los colores o algunos detalles. Pero el molde sigue siendo el mismo. Como Elena y Jorge. Porque mientras el barrio Victoria se llena de locales nuevos, ellos siguen haciendo lo mejor que han sabido hacer durante toda su vida: diseñar, cortar, coser y persistir.