Poco antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, el líder soviético Iósif Stalin diseminó por el mundo su hegemonía a través de una sólida red de espionaje a cargo de un misterioso agente. Iósif Grigulevich, conocido como “el asesino de Stalin”, llegó a Latinoamérica en busca de los enemigos de la Unión Soviética y se instaló en Chile junto a la “brigada fantasma” gracias a la complicidad encubierta de Pablo Neruda y Marta Brunet. Aquí, un adelanto del libro “Iósif Grigulevich. El hombre de Stalin en América Latina”, publicado esta semana por Ceibo Ediciones.
x Nil Nikandrov
Durante los duros tiempos de la década de los años 40’ del siglo pasado, Iósif Grigulevich estableció Residencias de Inteligencia del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la Unión Soviética, antecesor de la KGB), en México, Argentina, Chile, Uruguay y Brasil. Él mismo se encargó de seleccionar y reclutar a los agentes locales. Decenas de colaboradores pasaron por las manos de Arthur. La tarea no era fácil, el enemigo estaba en todas partes y los servicios de contrainteligencia y las policías latinoamericanas buscaban incansablemente a los “agentes rojos”. Las agencias de espionaje de los países del Eje, principalmente de Estados Unidos e Inglaterra, intentaban desesperadamente infiltrar y desbaratar a cualquier costo la red de Arthur.
Por su parte, el pintor David Alfaro Siqueiros se escondía en casas de amigos en la sierra del Estado de Jalisco, donde fue detenido por la policía. Casi de inmediato, la decisión de liberarlo fue tomada por el recién elegido Presidente de México, Manuel Ávila Camacho, quien le explicó la situación al artista: “Debes abandonar el país lo antes posible. Según nuestros informes, tus enemigos, los trotskistas, van a matarte apenas puedan. No quiero eso, y menos al principio de mi mandato. Las formalidades han sido arregladas: el ministro de Gobernación Miguel Alemán proveerá todo lo necesario. Mañana por la mañana tú, tu mujer y tu hija partirán en avión hacia Panamá, de ahí viajarán a Cuba y después a Chile, donde podrán vivir y trabajar tranquilos”. Antes de partir, Siqueiros consiguió en tiempo récord los visados chilenos con Pablo Neruda, por entonces cónsul general de Chile en México. El embajador chileno Manuel Hidalgo, al enterarse de lo hecho por Neruda, quien era militante del Partido Comunista de Chile, anuló los visados y suspendió temporalmente al poeta de sus funciones consulares. “¡Siqueiros es un asunto político y usted no tenía derecho a pasar por encima de mí para tomar esa decisión!”, le gritó enfurecido el embajador a Neruda.
Por orden del NKVD en Moscú, Iósif comenzó a preparar su “evacuación” desde México a Argentina, donde debería permanecer hasta que se calmaran las aguas. El comisario de la Residencia en México le aconsejó tomar una ruta poco rastreable: cruzar ilegalmente a los Estados Unidos, ir de Nueva York a San Francisco y allí comprar un billete para un vapor a La Habana. Desde Cuba podría continuar viaje a Argentina. Así despistaría a los agentes del FBI. Para ejecutar el plan, Grigulevich necesitaba nuevos documentos de identidad. Acudió a la Embajada de Chile y el funcionario consular de Chile en México, el escritor, periodista, militante comunista e íntimo amigo del cónsul general Pablo Neruda, Luis Enrique Délano, le extendió con celeridad un flamante pasaporte chileno, cuya autenticidad no causaría dudas ni para el más meticuloso guardia fronterizo. Grigulevich llegó a Argentina con nacionalidad chilena.
En abril de 1941, los demás cabecillas del frustrado atentado a Trotski, los hermanos Leopoldo y Luis Arenal, junto a Antonio Pujol desembarcaron en el puerto de Buenos Aires procedentes de La Habana, donde se habían refugiado clandestinamente tras la Operación (…) Leopoldo conoció al artista chileno Raúl Manterola. (…) Fue durante una de las visitas al taller de Manterola que Leopoldo conoció a la escritora chilena Marta Brunet, quien apareció acompañada de Antonio Quintana, fotógrafo profesional, también chileno. Leopoldo invitó a la pareja chilena a un café. Ya se había enterado de que Marta trabajaba en el consulado de su país (…) Marta podía conceder visados para el ingreso y estadía en su país. Leopoldo le comentó a Iósif acerca de su amistad con la escritora chilena y le dijo que, por su intermedio, se podían conseguir documentos y visados fiables. “No es militante del Partido, pero comparte nuestros puntos de vista”.
En junio de 1941, tras un largo y arduo viaje terrestre por Centro y Sudamérica, David Alfaro Siqueiros (con el nuevo alias de Abuelo), con su esposa e hija, llegaron por fin a Santiago de Chile. A modo de tapadera y por encargo del gobierno mexicano, Siqueiros debía realizar un mural en la Escuela México de la ciudad de Chillán, urbe que había sido devastada años antes por el terremoto de 1939, con un saldo de casi diez mil muertos. El mural de Siqueiros se pintaría en la biblioteca del segundo piso y llevaría el título de “Muerte al invasor”, mientras que en el primer piso el muralista, también mexicano, Xavier Guerrero, pintaría el mural “México a Chile”. La escuela aún estaba en reconstrucción y Siqueiros no tenía prisa por trasladarse a esa ciudad de provincias situada 400 kilómetros al sur de Santiago. Durante los primeros días en Chile, el artista evitó a los periodistas, pero no consiguió pasar desapercibido.
El salitre chileno era un objetivo fundamental para el sabotaje. Desde los años veinte, la prensa mundial informaba regularmente de los logros científicos en la creación de salitre artificial. Sin embargo, la necesidad del mineral natural era enorme. La voraz industria militar del Reich lo consumía todo. El salitre se utilizaba para fabricar explosivos, pólvora negra y diversos materiales para los laboratorios químicos y las empresas alemanas al servicio de la Wehrmacht. En suma, el suministro de salitre chileno era vital para el esfuerzo bélico del Reich. Los agentes nazis compraban el mineral en grandes cantidades en las terminales portuarias de la costa del Pacífico de Chile, en Valparaíso, Antofagasta e Iquique. Durante mucho tiempo los comerciantes actuaron con impunidad, porque el presidente Pedro Aguirre Cerda y después de él el presidente Juan Antonio Ríos, mantuvieron relaciones diplomáticas con la Alemania de Hitler hasta 1943. Desde Chile, los sacos de salitre se transportaban por mar hasta los puertos de Buenos Aires y Montevideo (a través del Estrecho de Magallanes) o por el ferrocarril transandino.
Por otra parte, los informes sobre el activismo nazi entre los colonos alemanes en el sur de Chile eran inquietantes, sobre todo tratándose de un país que abastecía de salitre a Alemania. Aquella fue razón más que suficiente para que el país del otro lado de los Andes escalara en la tabla de preocupaciones de Arthur y lo llevara a establecer un “punto” de inteligencia en la capital chilena. El jefe de dicho punto sólo podía ser un hombre, Leopoldo Arenal, que mantendría su alias de Alexander para las comunicaciones con el Centro en Moscú, y adoptaría el de Pedro para la red de inteligencia que se instalaría en Chile. Leopoldo era un militante y agente a prueba de fuego que para entonces ya era conocido y apreciado por todo el personal diplomático chileno en Argentina. Así fue que logró sin contratiempos que Marta Brunet consiguiera visados chilenos para él y su “equipo”, los que fueron estampados en el consulado de Buenos Aires sobre sus falsos pasaportes cubanos. Todo el procedimiento duró una escasa media hora, diez minutos para cada pasaporte, los de Luis y Leopoldo Arenal y el de Antonio Pujol.
A su llegada a Santiago, Leopoldo Arenal (se dirigió a) una casona de dos pisos en la calle Teatinos, en pleno centro de la ciudad. La primera reunión de Pedro con la dirección del PC tuvo lugar a última hora de la tarde en el despacho del abogado Luis Capdevilla.
Al ingresar a la oficina, al primero con que se encontró Leopoldo fue a Galo González, que dejó a un lado su periódico y sonrió a modo de bienvenida. El senador y miembro del comité central del Partido, Carlos Contreras Labarca, que estaba sentado a su lado, miró al recién llegado con indisimulada molestia. Ya había manifestado a sus compañeros la preocupación de que “el famoso Pedro” viniera a darles “lecciones de comunismo” enviado por el Comintern. Como para ratificar las sospechas del senador, Leopoldo Arenal mostró a los chilenos el mandato, y sin muchos preámbulos les dijo: “He sido designado por Moscú para organizar una red de inteligencia en Chile. Por lo tanto, necesitaré ayuda. Mucha ayuda. Especialmente con el personal”.
“Más vale tarde que nunca”, dijo Labarca, sonriendo de modo irónico. “Los espías occidentales ya están aquí hace rato. El personal de las embajadas crece como la levadura. Los norteamericanos y los británicos tienen más de cien agregados en comisión de servicio. ¿No es así, Galo?”. Galo González asintió y aseguró que, “proporcionaremos la ayuda que nos piden los compañeros de Moscú. A nuestra gente le vendría bien la experiencia. ¿Para qué fines específicos necesitan personal?”.
“Para sabotear el envío de materias primas a los nazis. Hay que parar el embarque de salitre y de cobre a los países del Eje”.
“¿Moscú sugiere hacer sabotajes en Chile?”, se alarmó Labarca. “Quizás sería preferible utilizar otros métodos, para empezar. La opinión de nuestro partido es escuchada en el país, así que tal vez sea mejor no precipitarse con actos de violencia…”.
La conversación se prolongó durante varias horas. Se mencionaron nombres de posibles candidatos para la red de inteligencia, pero Leopoldo no conocía a ninguno.
“Y también hay que considerar a los compañeros de El Siglo”, dijo Galo hacia el final de la reunión. “En la redacción hay muchos jóvenes militantes, ideológicamente maduros, con los que se puede contar al cien por ciento. Lo consultaré con el compañero Corvalán”.
En el Partido Comunista de Chile persistía la idea de que estaban “infestados por compañeros de viaje inestables”, “trotskistas ocultos” y “amigos secretos” de la policía. Hasta ese momento, las “purgas” habían resultado insuficientes para calmar a Galo, quien fue franco a este respecto con Arenal y le planteó que debía ejercerse una especial cautela a la hora de recomendar la participación de compañeros para los “trabajos especiales” como aquellos encomendados desde Moscú. En la lista de candidatos confiables, Galo incluyó dos docenas de nombres. Entre ellos había personas de diversas profesiones y estratos sociales, pero predominaban los periodistas. Los más mencionados eran del diario El Siglo. (Luis Corvalán) hablaba con cariño de los “conspiradores”, jóvenes escritores del periódico. Entre ellos estaban Víctor Corvalán Pereira, el poeta costarricense Joaquín Gutiérrez, el poeta hijo de palestinos Mario Abu Eid Abujail, el chileno Christian Casanova y el venezolano Eduardo Pecchio. Todos ellos, recomendados por Galo y coordinados por Leopoldo Arenal, se unieron a la red de inteligencia de Arthur, es decir, a la red chilena del NKVD.
En la radio y en los periódicos se hablaba tanto acerca de los omnipresentes agentes de Hitler, que, a principios de agosto de 1941 Chillán se vio agitada por rumores que hablaban de la llegada a la ciudad de cajas llenas de armas las que, al amparo de la oscuridad, eran trasladadas en camiones con matrículas falsas hasta una misteriosa hacienda que según la policía era frecuentada por personas que hablaban alemán. Se creía que se trataba de un grupo secreto nazi que actuaba en la zona y preparaba un ataque armado. La policía registró la hacienda, las oficinas administrativas y los almacenes de la casa comercial Imperio, desde donde resultó que los propietarios del cargamento, alertados por terceros, habían retirado las cajas en carretas tiradas por bueyes.
¿Qué hizo Grigulevich en su paso por Chile? ¿Cuál fue el rol del ex premio Nobel? Descubre la historia completa del agente secreto en el libro ‘Iósif Grigulevich. El hombre de Stalin en América Latina’, publicado por Ceibo Ediciones aquí.