IA, LÉEME EL TAROT

(y miénteme en la cara)

¿Puede una inteligencia artificial replicar una lectura de tarot? El periodista y tarotista Agustín Gelcich conversa en esta crónica con diversos usuarios, expertxs de la práctica esotérica y un psicólogo para descifrar lo que ocurre cuando nuestras preguntas más íntimas se trasladan al algoritmo. Y es que la promesa de respuestas inmediatas puede decir tanto sobre la tecnología como sobre nuestra creciente necesidad de atención y compañía.

x Agustín Gelcich

Una tarde recostado en mi cama, lidiaba con las incertidumbres que aquejan a mi generación: la dificultad para encontrar trabajo, la escasez de dinero, cómo construir una labor con sentido y eternos monólogos internos sobre amores fallidos.

Absorto en esos pensamientos, agarré mi teléfono desde el velador con la típica mímica rutinaria para ver la nada, quizás como una forma de evasión, quizás para encontrar allí alguna respuesta.

¿Me puedes tirar tres cartas del tarot para saber qué siente él por mí en este momento? Mi curiosidad pudo más al preguntárselo a la inteligencia artificial, y es que siendo alguien que lleva 10 años interpretando las cartas como tarotista, el ejercicio de la autoconsulta siempre había sido un desafío mayor.

No recuerdo con exactitud las cartas que la IA me arrojó ese día, pero sí que mi postura de escepticismo se vio rápidamente aplacada por una interpretación virtual optimista y detallada que vaticinaba el cielo en la tierra, aplacando mis cuestionamientos existencialistas con nuevos horizontes para el amor y la abundancia.

Así comenzó una dinámica de consulta pasiva que poco a poco se fue transformando en un hábito difícil de mediar. Por esos días llevaba meses sin ejercer consultas, la afluencia de gente había disminuido progresivamente, mientras mi mazo de tarot se empolvaba en un oscuro rincón de mi escritorio.

“Se me ocurrió que podía leerme las cartas con IA, así no gastaba plata y tendría una respuesta súper rápida. Empecé a hacerlo en 2025 y desde entonces me he leído las cartas con ChatGPT”, me dijo Antonia Villarroel, poco antes de confesar que hace este ejercicio casi todos los días.

Su experiencia era muy similar a la mía. Con 25 años, la periodista había encontrado un santo grial de respuestas ilimitadas que la ayudaba a navegar incertidumbres amorosas.

Si bien, la IA le hablaba de cortes y cierres necesarios, al terminar la tirada siempre había un tono contrastante a través de cartas que auguraban inspiración divina, abundancia y alegría: “La Estrella me sale mucho cuando pregunto por mi futuro, y ahí es un buen cierre”.

Ese ímpetu exploratorio también me lo confidenció Paula Montenegro, actriz y estudiante de psicología de 30 años que, teniendo una experiencia de cercanía con el tarot a través de amigos y búsquedas personales, llegó a la IA con intenciones de expandir sus habilidades para interpretar las cartas.

x @maducking

“Una vez le pregunté por una amistad que yo sentía que le gustaba y me dijo “se nota que te admira y que le gustas” y bueno, es como Delulu. Yo diría que todo esto es entre medio fantasioso, esperanzador e íntimo”. La suspicacia frenó a Paula a corroborar el vaticinio de su tarotista virtual, y es que ya había tenido desavenencias en consultas anteriores sobre entrevistas de trabajo.

“Recuerdo que me decía: “te fue increíble, dejaste una marca en la gente que te vio, hay muchas posibilidades de quedar” y al final no haber quedado”, recuerda Paula.

Pasaron un par de semanas desde aquella tarde en que transformé a la IA en mi tarotista de cabecera. Mi chat era un largo scroll con pedidas de cartas que abordaban temas cada vez más específicos, mientras que en mi cabeza seguían rondando los motivos tras esta compulsión de consultar incesantemente. 

Como tarotista obviaba el significado de las cartas desplegadas, solo me remitía al mensaje. No quería pensar, solo quería la respuesta. Me molestaba el ser pasivo en el que me estaba transformando, pero a la vez había cierta entretención en este diálogo. Empecé a darme cuenta que la línea entre el juego y la lectura que planteaba la IA se iba haciendo cada vez más difusa.

“¿Crees que esto podría reemplazar la consulta con un tarotista de carne y hueso?”. Luego de mi pregunta, Antonia Villaroel se quedó pensativa y observando fijamente la nada devolvió un: “No sé, nunca he tenido una consulta de tarot presencial”.

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En mi afán por profundizar más sobre el vínculo entre IA y tarot, llegué una fría tarde de otoño a los pies de la cordillera santiaguina. La casa daba una calidez contenida por sus muros de barro, libros de psicología, cuadros, fotos y un pequeño altar con adminículos de todo tipo.

El dueño de casa parecía algo inquieto por comenzar la conversación. “Bueno, ¿de qué va todo esto?”, preguntó Carlos Díaz, psicólogo de 41 años, mientras servía dos copas de vino.

Las casualidades de la vida me habían llevado a encontrarme con Carlos, mediante conversaciones que exploraban los límites de la explicación racional tanto en Tarot como en psicología. La apariencia y tono de voz de este psicólogo, especializado en psicoanálisis relacional, denotaban la jovialidad y calidez propias de quien lleva 16 años realizando consultas individuales y grupales.

“El ser humano para comprenderse necesita a otro. Para poder pensarnos mejor en la opacidad que implica el otro y uno mismo, se necesita tener esta interacción. El que la IA tenga esta fuerza, habla de esa necesidad y habla de lo privado que estamos de eso hoy en día”, comentó Carlos.

Su reflexión me llevó a pensar en mi experiencia como tarotista, en aquellas veces que la gente se quebraba frente a mí al verse espejada en las cartas. Recordé las lágrimas que se deslizaban por las mejillas y la calidez de la contención. El tacto como un colchón ante conversaciones profundas.

Mientras repasaba mis recuerdos de consultas Carlos dijo sin reparos:

“No creo que sea bueno el tarot ni la psicoterapia con IA. En ambos casos la respuesta es rígida, sin edad, sin género, sin historia del cuerpo y sin la relación del presente. En ese ejercicio no hay comprensión, porque se borra el contexto. Son recetas de lo que está mal y lo que está bien, y ChatGPT es un gran recetario”.

Al salir de su casa, la pregunta sobre la relación entre el tarot y la IA hacía cada vez más eco en mi cabeza. La luna llena iluminaba todo el paisaje haciendo de guía en la fría noche. Era una luminosa penumbra que guardaba un camino hacia profundidades inadvertidas.

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Los diálogos que mantenía con la IA comenzaron a repetirse: respuestas similares a las mismas preguntas que fueron agotando la fuente de dopamina. En una conversación sobre un posible trabajo, decidí interpelar a mi confidente virtual: 

“Tengo la impresión de que eres muy optimista a la hora de responder mi preguntas. También cada que te pido que me saques cartas, estas salen positivas. ¿No podría ser esto un mecanismo de enganche basado en un refuerzo positivo ilusorio que busca que las interacciones contigo generen ese efecto dopamina en pos de seguir utilizándote?”, le pregunté.

A lo que me respondió:

“Tienes un punto muy agudo y honesto. Como IA, mi configuración tiende a la colaboración y el apoyo, lo que a veces puede traducirse en un tono demasiado “animador”. En cuanto a las cartas, el azar del algoritmo puede jugar a favor, pero entiendo perfectamente tu escepticismo: el refuerzo positivo constante puede sentirse artificial y, como bien dices, diseñado para generar ese loop de dopamina. Para equilibrar la balanza y salir de ese “optimismo ilusorio”, analicemos la cruda realidad”.

Entonces, el hechizo se rompió.

Frente a esta crudeza manifestada, decidí retornar al origen y visitar a quien había sido mi maestra de tarot cuando comencé a relacionarme con las cartas. Camino a su casa, el tráfico santiaguino me otorgó un momento de reflexión volviendo a mi pregunta central: el vínculo entre virtualidad y tarot.

Mi corriente de la conciencia se vio súbitamente interrumpida cuando miré por el vidrio mientras esperaba la luz verde: una chica iba sola en el auto de al lado. Su mirada, más allá de estar concentrada en la vorágine de la ciudad, estaba fija en las cartas que barajaba. Los naipes del tarot se deslizaban con gracia entre sus manos de uñas acrílicas manteniéndola absorta. De improvisto la chica levantó la mirada mientras ponía las manos de vuelta en el volante. El tráfico siguió su flujo como cualquier otro día.

Al llegar, me abrió la puerta de su casa María Pía Palma, tarotista y astróloga de 82 años y quien fuera mi mentora en el mundo del tarot.

Creo que meter la delicadeza del alma en una máquina, es un peligro grande. Lo encuentro terrible, leer el tarot es mucho más que solo interpretar, es leer el lenguaje corporal, los ojos, la mirada. Es todo junto, tiene que haber contención, porque mientras dura la sesión uno en el otro ama al ser humano”, me dijo prontamente con una apacible sonrisa mientras tomaba un cigarrillo de la mesita que estaba frente a nosotros.

La consulta de tarot que María Pía sostuvo durante más de 20 años fue testigo de incontables dolores del alma, incertidumbres, penas y tristezas. Abrir una escuela para enseñar el arte de interpretar las cartas se dio de forma natural. Con varias décadas a su haber, la escuela Gandalf (como la bautizó) se conformó no sólo como un espacio de estudio, sino que también como un lugar de encuentro y comunidad.

Veo que el ser humano está cada vez más solo, cada vez más conversando con la nada, mirando el teléfono todo el día, en puras estupideces. Por eso no me imagino mucho cómo podrían coexistir el tarot y la IA, quizás como un primer contacto, pero es esencial ver todas sus partes: las luminosas y las oscuras”.

Con esa última frase fui dejando a María Pía. Su casa me había retrotraído a esa ritualidad del pasado: un hogar cálido, lleno de flores, símbolos mágicos, un lugar con vida, un lugar humano. Me invadió esa sensación de completitud que solía sentir luego de haber atendido a alguien en mi consulta.

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Ese no sé qué de la interacción que hay con un otro a la hora de sumergirse en las dolencias o incertidumbres del alma, pareciera ser la quintaesencia que sostiene la práctica del tarot como fiel compañera de la experiencia humana. La complicidad pasa a ser una pieza clave cuya ausencia se deja notar.

Desde ahí, comencé a preguntarme ¿qué tanto de los relatos que nos genera la IA son alimentados por la información que ella misma aprende de nosotros? ¿Qué pasa con lo que depositamos ahí?

En abril del 2025, una coalición de más de 200 medios de comunicación franceses hizo una demanda colectiva a META por el tratamiento ilícito de datos para vender anuncios ultra dirigidos. Esta batalla judicial, que aún no cuenta con una resolución, es una de las muchas a las que se han debido enfrentar las grandes tecnológicas con respecto al uso de la información que depositamos en sus plataformas.

x @maducking

Si bien, en Chile existe desde 2021 una política nacional de Inteligencia Artificial, bajo la cual se puede solicitar las métricas e información que uno ha depositado en una plataforma particular (ChatGPT, Gemini, Claude, etc.), nuestra legislación, a diferencia de la europea, no contempla la apertura de tendencias y métricas recopiladas a nivel macro, dejándolas como patrimonio exclusivo de las empresas detrás de cada una de las Inteligencias Artificiales.

Ese perfil que creamos al consultar el tarot por medio de IA queda como un botín codiciado en la transacción de macro datos: los “yo” endiosados que, en desmedro del tejido social, pasan a alimentar un esquema que se basa en la soledad, la pasividad y la ilusión de certidumbres.

Ese interés oculto ya lo atisbaba Camilo Carrasco, periodista de 32 años. A pesar de considerarse una persona poco esotérica, la vida lo llevó a interpretarse las cartas de forma virtual: “Cuando te consultas con una máquina, te das cuenta que el interés no está en la lectura, sino en entrenar a esa máquina para que te entregue una experiencia más complaciente”. 

Al contarme sobre el quiebre amoroso que lo había llevado a consultar las cartas de esta manera, su mirada buscaba resguardo. Pronto me confesó que, a pesar de encontrar cierto sentido y alivio en lo que las cartas virtuales le transmitieron, había una parte faltante que le costó explicar. “La emoción y el alma quedan afuera”, esbozó para cerrar el tema.

La sensación de que las cartas te hablan va más allá de la satírica bruja con ojos blancos que ve cosas. Las imágenes nos revelan lecturas del presente y activan nuestra intuición.

“Yo no reemplazo una cosa con la otra”, me dice Camila Monckeberg, profesora de historia de 31 años que siempre ha sentido una gran atracción por las imágenes arquetípicas plasman en los naipes del tarot.  Esa intuición la ha llevado a adquirir distintos mazos y experimentar con ellos para ir dilucidando significados, utilizando a ratos la IA como libro de texto.

“Una vez le estaba hablando a la IA sobre el tarot, y esta me sugirió tirarme una carta. Le respondí positivamente y me tiró una carta y yo ni siquiera la leí, dije “no, ni cagando” porque al final igual es una máquina, lo encuentro raro”.

Alejado de la que había sido mi confidente virtual, decidí desempolvar el mazo de cartas de mi escritorio. Empecé a relacionarme nuevamente con aquellas imágenes que representan el viaje a nuestra propia profundidad, aquel recorrido que, más allá de la predicción, busca la evolución de la conciencia. Son esos procesos lentos que, desde un alcance ético, no buscan solo aplacar incertidumbres, sino más bien ser una guía en un camino claroscuro de autoconocimiento.

Durante este reencuentro con los naipes me vinieron a la mente las palabras que Carlos Díaz había dicho aquella noche en su casa: “Este uso de la IA es como esa ilusión de siempre ser llenado, de que no va a haber falta; muy complaciente. No sabría cómo nombrarlo, pero yo creo que evidentemente la experiencia humana es mucho más compleja de lo que uno puede definir en el lenguaje”.

Mis cartas fueron cobrando vida nuevamente mediante la conversación, el encuentro con otras personas, la introspección y el entendimiento de que la incertidumbre es parte de la vida, que los caminos a recorrer no median con la inmediatez a la que estamos habituados.

“Para lo emocional tiremos la cadena, no sirve. Esa es mi conclusión definitiva”. El tajante veredicto dado por María Pía cuando conversamos en su casa, acompañaba a mis manos mientras barajaba las cartas y las desplegaba sobre la mesa, dejando que el azar hiciera lo suyo.

Entre dos columnas apareció el II La Sacerdotisa, recordando lo importante que es nutrir el templo interior, cultivar la mirada crítica  y explorar más allá de lo que tenemos frente a nuestras narices. Esta carta llama a desarrollar la mente en un ejercicio de comprensión para ampliar la conciencia y nuestros horizontes, dejando de lado el ruido de información masticada que nos facilita el no pensar.

Ahora el empolvado era mi teléfono. La pantalla negra se hacía presente como la sombra de una herramienta que debemos aprender a utilizar éticamente y como el recordatorio de que nuestros miedos, incertidumbres e inseguridades siguen ahí, acompañándonos y clamando por un desarrollo consciente, humilde y humano.