“TODO EMPIEZA CUANDO UN CAZADOR CONOCE A UNA PRESA”
En esta nueva entrega de #LaDosis, nuestra colaboradora Ni Aguirre se interna en el mundo de la aclamada película del director chileno Diego Céspedes. ¿Cómo una mirada puede inquietar a un pueblo minero completo? ¿Hasta dónde puede pesar la desinformación y los estigmas? Luego de verla, el cruce con la actualidad es inevitable. Aquí, su mirada.
x Ni Aguirre
Todo comienza con una mirada: la de un leopardo inmóvil, fija en la gacela, como en esos documentales que mi papá veía los domingos en National Geographic, siempre resistiendo el sueño. En ese pestañeo convive el deseo y la amenaza, latiendo al mismo tiempo.
Bastaba con que un cazador mirara a su presa para que esta cayera acabada a sus pies, tal como los mineros lo hacían ante las chicas del burdel.
Así nos explican “la peste” en la película. Así se entendía lo que se propagaba en el norte, en los años 80: un rumor que se posaba en los ojos, que no necesitaba contacto; bastaba una mirada para ser marcado y luego señalado, ser marginado.
El VIH, nombrado en voz baja, se convirtió en miedo y fue reducido a una peste. Pero la historia —y la ciencia— nos dicen que la verdadera peste es la ignorancia: esa que solo ve lo que quiere ver.
Y de eso se trata “La misteriosa mirada del flamenco”: de descifrar el peso de la mirada, de enfrentar aquello que se ve pero no se quiere reconocer; del deseo —y el miedo— de sostener la vista de frente, y del afecto como forma de resistencia ante la muerte: la provocada por un virus, la que nace de la ignorancia.
La película, dirigida por Diego Céspedes, cuenta con un reparto enfocado en visibilizar a las identidades disidentes trans/travestis. La historia sigue a Lidia, una niña de 12 años que vive con una familia queer marginada en un pueblo minero marcado por una extraña enfermedad que se cree es transmitida con la mirada.
Pero más que una enfermedad, lo que habita ahí es el estigma: el miedo a mirar a las travestis a los ojos, la violencia de señalarlas, de negarles existencia, mientras, en la intimidad, ese mismo rechazo se contradice; porque los hombres no dejan de buscar a los flamencos, las únicas capaces de borrarles —aunque sea por un momento— la pena de vivir solos, vacíos, tristes en medio del desierto.
Es un mundo donde la mirada castiga, pero también revela. Donde se mata por amor y también se sobrevive por él. Una película que no solo te lleva a la reflexión, sino que también nos entrega un espacio de contención.
Ese equilibrio —entre crudeza y honestidad— la llevó a ganar Un Certain Regard en el 78.º Festival de Cine de Cannes en 2025, consolidándose como un reconocimiento clave para el cine chileno y ampliamente valorado en el extranjero.
Estrenada un día después del cambio de mando presidencial, su aparición no deja de ser inquietante. Mientras el país parece retroceder en ciertos discursos, surge una obra que pone en el centro a quienes históricamente han sido marginados.
El pasado miércoles 18 de marzo, el gobierno decidió no mirar: rechazó la declaración LGBTQ+ de la OEA en materia de protección de los derechos humanos, una medida que se había sostenido durante 15 años y que hoy marca un importante retroceso.
Entonces la pregunta queda abierta: ¿por qué no estamos mirando esto? ¿Por qué seguimos eligiendo hacia dónde dirigir los ojos, incluso cuando lo verdaderamente importante está justo enfrente?
Aunque esto genera sensibilidad e incertidumbre en la comunidad, no es la primera vez que el presidente José Antonio Kast se manifiesta en contra de las personas LGBTQ+. Ha expresado su rechazo al matrimonio igualitario, a la adopción homoparental y a la Ley de Identidad de Género, evidenciando su postura conservadora de ultraderecha.
A esto se suma el uso del término “travesti” de forma despectiva en el ámbito político, en contraste con quienes protagonizan la película: para ellas no es un insulto, sino la identidad que habitan con orgullo, pese al estigma social.
Los ojos funcionan como una cámara fotográfica personal con la que capturamos y guardamos nuestros recuerdos. Con ellos miramos por primera vez, con ternura, a mamá; y con ellos, al abanicar nuestras pestañas, seducimos un posible primer amor.
¿Quién diría que una mirada —capaz de encender un flechazo— también podría convertirse en motivo de acusación, incluso en causa de un destino fatal?
“La misteriosa mirada del flamenco” busca incomodar —y retratar— desde la cotidianidad y lo inquietante. Este western queer (como la han catalogado algunos cinéfilos) no solo sensibiliza, también nos lleva a querer quemarlo todo.
El relato, entre colores tierra y lentejuelas, oscila entre la vida y la muerte: el amor de una madre que lo daría todo por su hija, pero que también anhela vivir ese amor para sí misma; que sueña con no esconderse y amar a plena luz del día, lejos del cabaret y del sol en la nuca.
En ese espacio, las travestis construyen juntas un hogar —en todas sus formas simbólicas—, reuniendo fuerzas para resistir al desierto que las acorrala y las castiga por existir.
El efecto va más allá de la empatía: es algo casi tangible, que pide ser gritado; un impulso para hacer que las cosas pasen. Dignidad, sensibilidad, fragilidad y dolor conviven en un film con un mensaje claro, necesario para concientizar en tiempos violentos como estos.
Mientras algunas miradas se concentran en la agenda del presidente electo, otras realidades siguen esperando ser vistas. El arte también habla: de existencias y luchas que llevan años expuestas y que, hasta ahora, han sido más valoradas en el extranjero que dentro de nuestro propio país.
No es otra película sobre prejuicios y segregación. Es sobre derechos que hoy están en riesgo y sobre cómo el cine puede convertirse en una voz que dice lo que nadie dice.