La escritora mexicana pasó por Chile y presentó su última novela en la que propone la escritura como una casa familiar. En “Principio, medio, fin” vive la cabeza de un pez espada, un mosaico del dios griego Proteo, el volcán Etna de Sicilia, noches de insomnio y lectura de mitos griegos. En esta conversación, Luiselli habla sobre la crianza, el lenguaje de los niños y la escritura como un proceso en lentitud.
x Valentina Medina
No es su primera vez en Chile. Para Valeria Luiselli (42) es su tercera o cuarta, ya no lo sabe. Este fue el primer país que conoció a sus 40 días de vida. Su padre, un hombre diplomático, junto a su familia, son los responsables de su vida nómade y migrante. Nació en México, pero ha vivido en países como Sudáfrica, India y Costa Rica. Habla español, italiano e inglés, y hace 20 años vive en Estados Unidos donde escribe, da clases de escritura y cría.
“Principio, medio, fin” (Editorial Feltrinelli) es su última novela entre un repertorio literario diverso. Su formación en filosofía y literatura la ha llevado a escribir no ficción como Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016), uno de sus libros más reconocidos por relatar historias de niños y niñas migrantes a punto de ser deportados desde Estados Unidos a países como Honduras y Guatemala. También hace ficción, como las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013). Revisando su trayectoria encuentro temas que se mezclan en su obra: migración, niñez, crianza y familia.
Iba a estar solo cuatro días en Chile a propósito del lanzamiento de su novela, y la invitación a la Cátedra Abierta en homenaje a Roberto Bolaño de la Universidad Diego Portales. Logré robarle 30 minutos de su agenda. Me dijeron que debía cumplir con los horarios porque alguien la iba a estar esperando cuando terminara. Valeria llegó unos minutos tarde con el pelo húmedo y trenzado en una cola. Me dice que nos sentemos donde prefiera y me pregunta si quiero un café. Pide que nos traigan dos, lo recibimos y recién comenzamos a hablar de su trabajo mientras se come el manjar que sacó de una galleta al lado de su taza.
Le digo que creo que este nuevo libro trata sobre la crianza, ella me dice que no, que es sobre una hija, “sobre el núcleo intensísimo que es el lenguaje entre una madre y una hija”. Esta es la historia de dos personajes que después del divorcio de la madre se mudan (temporalmente) a Catania, una ciudad en la isla Sicilia, Italia, con un volcán de fondo que amenaza con explotar constantemente. Se escapan no sólo de esa separación, sino de una forma de familia que ya no existirá: de un padre, una madre, el hijo de él y la hija de ella.
Si el libro trata del lenguaje de una madre y una hija, también podría tratarse de la narradora y su mamá, y también de su abuela. Relaciones que suceden en paralelo a la historia principal. Además está el abandono de esa mamá con la que se comunica por chat entre mensajes confusos que dejan ver la pérdida de memoria y demencia. Asimismo, se suman, las historias del pasado de su abuela en Sicilia rascando la tierra y desenterrando mosaicos griegos. Entonces, el libro trata sobre el linaje de las mujeres de una familia. Hija, madre, abuela y bisabuela.
La madre de mi madre murió hace tres años y en mí la veo a ella. En mis ojos, mi pelo. Me hallo en esta historia donde la conexión física y emocional de las mujeres de una familia es primordial. Le cuento a Valeria y me dice que así es el duelo, también que así funciona la genética. Le hablo sobre esta teoría del ADN que dice que por el lado de la madre, la genética se salta una generación y resulta que la abuela es parecida a la nieta. Ella también la conoce.
—Mis hijas son mucho más parecidas a mi madre también. Una físicamente y otra espiritualmente. Resulta que, claro, tu madre desde que ella estaba en la panza de su mamá, ya tenía esos óvulos. Entonces eso significa que las hijas son como hermanas. Luego si lo piensas en todas las mitologías griegas y greco-romanas, las madres son también hermanas de sus hijos. Al final los griegos entendían de genética también.
En este libro hay muchos orígenes. La niñez, los clásicos griegos, el principio de la vida. ¿Cuál dirías tú que es el origen de esta novela?
—Una madre que pregunta, una hija que pregunta. Muy concretamente, la pregunta que me embarcó en este largo proceso de escritura de la novela fue una sobre los orígenes que me hizo en algún momento mi hija, leyéndole mitos griegos.
Me preguntó por qué en todos los principios del mundo, en las historias de orígenes del mundo, todo siempre estaba hendido en dos o partido en dos. Y me pareció una pregunta enorme que yo jamás me había hecho.
La novela se mueve entre esta madre que escribe y su hija que sufre de insomnio por la separación y preocupación por el estado de su madre. Es por eso que comienzan a leer los clásicos griegos de la literatura, revisan la obra “Las troyanas” de Eurípides y algunos tomos de “Historia Natural” de Plinio. Ahí encuentra muchas preguntas, tanto la niña como la madre.
Valeria escribe desde una mirada e imaginario de la infancia. Habla por la niña, la muestra con carácter y decisión, como sujeto con deseos claros y pensamientos lúcidos con respecto a la vida. La niña es terca, quiere regresar un mosaico del dios griego marino Proteo, desenterrado por la abuela de la madre en la misma isla, llevado a México en su migración desde Italia. Ellas lo cargan como herencia familiar, pasado de madre a hija. Según las “Metamorfosis” del poeta griego Ovidio, Proteo es la materia prima a partir de la cual todo lo demás está hecho. Él es el principio.
Escribir desde el lugar de la niñez podría ser difícil. ¿Qué te ayuda a alcanzar ese espacio?
—Es doble trabajo ahí para mí. Por un lado es un buceo profundo en la memoria propia del espacio de la infancia. Y no necesariamente de los eventos que hemos narrado una y otra vez en nuestra vida adulta y que ya de alguna manera están rearticulados. Como cuando uno recuerda un sueño y ya se te fueron todos los detalles reales. No se trata de tanto recordar eventos, sino de recordar la manera en que se sentía el miedo, la decepción, o la enorme emoción de ver llegar a tu madre, recogerte, cruzar la puerta. Esa emoción como se abría el cielo. Los miedos o ansiedades en los momentos en que te estás quedando dormida y el mundo se te revuelve un poco. La llegada de la oscuridad. Todas esas cosas que están muy en los estratos profundos de nuestro ser, que siguen ahí y que hay que atender.
Me cuenta que escucha el lenguaje de los niños a diario. Tiene dos hijas, mucha fuente de inspiración para su ficción. También ha tenido y tiene hijastros, ya cuatro. “Fue un trabajo de observación y de escucha de las infancias que me rodean. Son, por suerte, muchas”. Ha logrado que sus hijas estén rodeadas de configuraciones familiares.
Como en su vida, la trama de la historia encaja como piezas de un mosaico donde cada mujer de la familia es un pequeño pedacito de cerámica unido con algún líquido pegoteado que las mantiene juntas, pero fragmentadas. Así mismo está escrito el libro, por partes, títulos difíciles de entender si no llegas hasta el final, pedazos de pensamientos, descripción de hechos, imágenes. Eso me hizo sentido cuando me dijo que se tomó entre seis a siete años en escribirlo. Quizás eso deberían hacer los escritores, tomarse el tiempo.
¿Cuánto tiempo uno debe tomarse para escribir un libro?
—Estuve haciendo otras cosas entre medio, bastantes, entre otras teniendo otra hija, adopté y crié a una sobrina, aprendí a hacer jardinería, escribí otros proyectos, ha habido muchas cosas entre medio, pero esta novela siempre estuvo ahí, era la casa, al lugar donde volvía siempre. Y, sin embargo, esto que preguntas sobre si el tiempo extendido de escritura pudo haber determinado la forma de escritura, tal vez hay algo de eso, sí, porque es difícil retomar un torrente, es más fácil entrar por un lugar poroso como el que genera una estructura fragmentaria, pero, por otro lado, mi escritura siempre ha sido así, por lo menos mi escritura de ficción.
Para ella la escritura comienza con preguntas de las que surgen nuevas. Se le doblan en dos, tres, cuatro. “Se forma una pequeña constelación de preguntas que me paso años explorando”, recalca. Solo deja de escribir cuando ya no hay más preguntas que contestar.
“Se forma una pequeña constelación de preguntas que me paso años explorando”, recalca. Solo deja de escribir cuando ya no hay más preguntas que contestar.
Con este libro ha tenido diferentes reacciones, pero lo que más le alegra es cuando alguien viene a contarle que leyó la novela y le dieron ganas de escribir.
—Qué lindo eso, es difícil escribir.
La novela “Principio, medio, fin” es como el mar, abierto e inmenso. Se recoge, se estira y vuelve. También es como un volcán que amenaza con explotar, violento, tibio e impredecible. Es un libro expuesto, pero que guarda secretos. Lo que importa no es tanto la trama, es la forma del texto. Aristóteles define la trama como el alma de una obra, la cual debe tener una estructura de principio, medio y fin; eso está en la novela con personajes del pasado, presente y futuro del linaje familiar femenino.